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viernes, 12 de abril de 2019

30 años de amistad


 En Sierra Nevada, en 1990

   Hay compañeros de aventuras que dan poquísima guerra, nunca protestan, son eternamente fieles y salen baratos de mantener. Se dejan llevar y traer, nunca preguntan cuánto queda, no necesitan parar a desayunar antes de la caminata ni a tomar una cerveza al concluirla. No te piden que vayas más despacio ni te llevan con la lengua fuera. No te recriminan que lleváis una hora subiendo cuando tú le habías dicho que solo serían veinte minutos. Si hay que atravesar un zarzal o un piornal interminable no te echan en cara que no les habías avisado de que la ruta tenía truco. Si alguna vez hay que pernoctar, no roncan y no te tienen la noche en vela. Son de los que nunca te piden agua ni comida, porque de tan ligeros que quisieron ir no llevaron lo suficiente. Pero, desafortunadamente, no suelen ser compañeros para toda la vida, porque tarde o temprano las lesiones y la vejez los va dejando fuera de servicio.

 Bajo La Sagra (Granada), en 1990

   En mi caso, el más fiel compañero lleva ya treinta años conmigo. No viene a todas las rutas, porque desde hace muchos años en invierno se queda en casa. Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que no le he preguntado en invierno si quiere venir. Simplemente no le invito. Cuando llega el calor se crece y entonces está siempre ahí, un buen amigo, ejemplar, de los que ya no se encuentran. Los de ahora en unos pocos años ya tienen achaques y no puedes contar más con ellos. Puede sonar a topicazo, pero los de ahora no son como los de antes.

 Monasterio de Tikse, 1994

Bajando del Stok Kangri, 1994

   Echando cuentas, así un poco por encima, calculo que hemos ido a la montaña juntos más de mil veces. Luego hemos viajado juntos también, y ahí ya no sé calcular los días, pero quizá otros tantos. Es duro como una piedra, resistente como un tuareg y un esquimal juntos, está muy curtido por los elementos, como la piel de cuero de un tibetano. Si fuera ciclista sería un Alejandro Valverde, incombustible, y si fuera un tenista tendría la eterna resistencia de Rafa Nadal, aunque no sé si la calidad de su juego. No sé cuánto tiempo más compartiremos alturas, porque ya le veo algo apagado y no tiene la recia presencia de antaño. Cualquier día me deja colgado.

 Taksindo La. Hacia el Mera Peak, que aparece en el marco de la puerta, 1995

Pico Aragüells, 1997


   Nos conocimos una mañana en el Rastro madrileño, más o menos cuando conocí a Javier. Conectamos de inmediato, hubo química, que dirían, y hasta ahora. Os lo presento:



   A decir verdad, no sé cómo se llama. Tampoco hablamos mucho. Contemplamos las montañas en silencio y no necesitamos del lenguaje para estar a gusto. El día que ya no esté para acompañarme, sé que seguiré pudiendo verle y haciéndole compañía. Pero me da miedo que antes de eso, un día huracanado una ráfaga se lo lleve, como a Janez Jeglic en la cima del Nuptse.

 Ibias, 2010

 Una de nuestras últimas rutas juntos. Alto de los Foyos de Piagüé, Ponga. 2018



jueves, 21 de marzo de 2019

Javier de Ponga


   Esta es la última fotografía que me envió mi amigo Javier, del Desfiladero de los Beyos, tomada dos días antes de acabar el año.

   A Javier le dediqué el libro de Ponga, junto a su mujer y a los ponguetos que me encontré durante los meses de elaboración del libro y que me ayudaron con toponimia de la zona. Javier no era de Ponga, pero había dejado una parte de su alma allí, y seguro que allí sigue.

   Apenas un mes después de la publicación del libro, mientras recorría un desfiladero a muchos kilómetros de allí, me llegó la noticia de su fallecimiento, en un accidente de trabajo. Acababa de empezar el día y me quedaban muchas horas por delante, pero ya no fui capaz de disfrutar del paisaje.

   Desde que planeé la elaboración del libro de Ponga tenía en mente que Javier apareciera en la portada. Pongueto, aunque fuera adoptivo, y montañero con miles de jornadas en las cumbres; era el protagonista perfecto, y el más justo. Pero por distintos azares, no hubo forma de coincidir en la montaña esos meses y la foto nunca se materializó.

 Javier y Arwen

   Conocí a Javier en 1989. Un año después, en la Semana Santa de 1990, coincidimos los dos en un curso de escalada de la Federación Madrileña realizado en la Pedriza del Manzanares. Nos repartieron en grupos de cuatro o cinco, cada uno con un profesor. A mí me tocó Juanjo Ruiz, que luego se disfrazaría de El Cainejo para reconstruir la primera ascensión al Urriellu en Al Filo de lo Imposible. Javier, que se llevó a su perro Makalú, tuvo de profesor los cuatro días a José Luis Arranz, un chico rubio con melenas, bajito y delgado, muy tímido, pero que unos años después era uno de los principales referentes nacionales en la escalada en hielo. Con Máximo Murcia, José Luis hizo la primera repetición de Thanatos, una pavorosa cascada de hielo en Gavarnie de más de 200 metros de altura. A Gavarnie iba a ir José Luis con Javier en 1998, pero a última hora le dejó en tierra y se fue con Jorge Pereira, otro conocido profesor de escalada. Eso a Javier le salvó la vida, porque la cascada que estaban escalando se vino abajo y murieron ambos, además de otro escalador que había en las inmediaciones.

   Javier también tuvo la oportunidad de escalar con Máximo Murcia, un alpinista de altísimo nivel, muy discreto, resistente a los elementos como si fuera un alpinista ruso o polaco. Javier lo intentó con las grandes montañas, una sola vez, en un sietemil del Pamir, pero no pudo con el ambiente competitivo y egoísta de las grandes expediciones, donde algunos escatiman esfuerzos para no gastarse y poder estar en condiciones de hacer cumbre, dejando que el mayor peso de las tareas de porteo y montaje de campamentos expriman a otros. Nunca más, se dijo, y nunca más lo volvió a intentar.

Al pie de Peña Ubiña


   Corrió durante muchos años, llegando a participar en una media maratón, pero la rodilla le obligó a olvidarse de esa faceta. Uno de los perros que tuvo le escondía las zapatillas para que no le sacara a correr. A mediados de los noventa había ido a visitar a un compañero de facultad, indio sikh, que vivía en Amritsar, la capital del mundo sikh en el Punjab que quedó del lado indio tras la partición de 1947. De allí, con la bicicleta que había llevado desde Madrid en el avión, recorrió Himachal Pradesh. Lo mismo se iba una semana al Alto Tajo con la bicicleta, que hacía senderismo en sierras de baja cota, que escalaba vías complejas en roca y hielo, o se iba a observar aves, otra de sus pasiones. Cuando fue a visitarme a Cangas del Narcea en el año 2004, en que hicimos una ruta por sus montañas, me sorprendió que me pidiera bajar el ritmo. Aún no sabía por qué a veces se encontraba tan cansado, pero no tardaron en decírselo: era diabético. Eso no le impidió seguir haciendo grandes recorridos en bicicleta de montaña o escalar, como tampoco fueron obstáculo para ello sus vértebras lumbares o un hombro cada vez más dañado. Javier era duro como una piedra y nada le amilanaba.

 En el Monte el Gato, con el Cueto de Arbas al fondo

   Bueno, algo sí: la familia. Con tres hijos, colgado en artificial y en solitario en una pared de los Galayos se preguntó un día aquello de "¿qué hago yo aquí arriba?" Bajó el pistón, pero decía que su profesión de trabajos verticales le obligaba moralmente a seguir escalando, porque él se anunciaba como escalador y tenía que mantenerse al día en los nuevos materiales y técnicas. Unos años después me llegó a mí el hacerme esa misma pregunta que se hizo él en Galayos. Fui con Javier a Peña Ubiña, un noviembre que trajo un frente frío más copioso de nieve de lo habitual, y nos encaramamos a la cara noroeste, la que da a Torrebarrio. Allí, en un ensamble con un hielo inestable, porque aún no era invierno, un mes antes de que naciera mi hija mayor decidí que aquello ya no tenía sentido. Dos semanas más tarde, en la misma Pedriza donde escalé la primera vez, lo hice también por última.

 Con Pepe, único habitante de Corros durante veinticinco años. Javier odiaba llamar la atención y dudé si poner esta foto porque en ella parece indicar todo lo contrario, luciendo musculatura; la cuestión es que no llevó camiseta normal bajo la camiseta térmica y se asaba cuando empezó el calor. Recurrió al viejo truco de poner la camiseta protegiendo los hombros del roce de la mochila para no ir con la sauna a cuestas. La foto es muy significativa: dos apreciados personajes de dos mundos completamente distintos.


   Javier tenía el don de contagiar entusiasmos de los que ni siquiera tenía intención. En el verano de 2018, en una visita a Ponga donde no pudimos ir de monte porque estaba mal día, salió el tema de la escalada en mixto, los corredores, lo que más echo de menos de todo aquello. Salió de común acuerdo, de forma espontánea, sin proselitismo por su parte, intentarlo en Picos el invierno para el que ya no quedaba tanto. Después de catorce años sin hacer más que ocasionales trepadas a cumbres medianas, decidí ponerme manos a la obra y entrenar un poco. Quizá fui demasiado rápido porque el hombro crujió, que unido a otras averías de correr en asfalto me hizo advertir a Javier de que este invierno no iba a poder ser. Lo que no sabía es que ya no habría más inviernos.


 Dos momentos en Peña Ubiña 



   Lo habitual cuando se habla de alguien que ya no está es silenciar lo negativo y resaltar lo positivo, o incluso inventarlo. Yo tengo testigos que pueden afirmar lo que dije durante años de Javier y que ahora repito: que nunca decía una palabra más alta que otra, que nunca tenía un mal gesto, y que era una persona muy noble. Javier pasó por el mundo sin meter ruido, disfrutando de sus pasiones sin hablar de sus logros, que solo hizo para sí. He buscado en internet su nombre y solo encontré una referencia de un compañero de escaladas en un foro de montaña, muy breve, con esta foto que viene a continuación, despidiéndose de él. Toda una vida de esfuerzo, de pasión, de ilusión, de luchar contra la adversidad física que pretendía impedirle practicar sus aficiones, para el gran público es como si no hubiera existido.



   Lo curioso es que pienso que en el fondo eso es como debería ser siempre. Sus familiares y amigos y aquellos que le importaron sí saben de su vida y de sus méritos. Lo que piensen los demás, en un mundo de ego y vanidad, donde mediocres sin calidad humana reciben vanos aplausos que no les ayudan a salir de su miseria moral, no tiene ningún valor. A unos (los famosos) y a otros (los que les elevan a la categoría) nadie les recordará en unas décadas, igual que nadie recordará a Javier. Pero por lo menos él sí hizo que el mundo, o por lo menos el mundo que entraba en contacto con él, fuera un lugar un poco mejor, un poco más amable. El poder de una palabra amable aquí y de una sonrisa sincera allí es formidable; te alegra el día, te saca de un bajón anímico cuando todo a tu alrededor parece hostil. Y es gratis. El que te lo da no te pide nada a cambio. Eso es lo más valioso de todo.

   Javier era muy querido en Sobrefoz, el pueblo más próximo a donde tenía su cabaña y adonde fue siempre que pudo, en cualquier estación del año, durante catorce años. Tenía un conocimiento muy profundo de las montañas de Ponga y de su naturaleza. Su sencillez y trato sincero le hicieron ganar enseguida la confianza de los vecinos del pueblo que, al igual que todos los que le conocimos, no damos crédito a lo sucedido y nos rebelamos contra la implacable realidad. 

 Cumbre de Peña Ubiña. ¿Por qué cumbre andarás ahora, amigo?

   Javier, no sé dónde andarás ahora, pero sé que tienes que estar en alguna parte. Esto no puede quedar así. Tendremos que volver a encontrarnos, donde tú quieras, aunque no haya montañas a la vista. No me puedes dejar huérfano de tu amistad, de tu humanidad, de tu ejemplo. Ni a mí ni a ninguno de los que te hemos valorado tanto.

   Con Javier acaba para mí una etapa. Era el último amigo escalador que quedaba de mi generación. Ya no tengo con quién hablar de montañas. Ahora ya sé que ya no volveré a escalar.
 


martes, 30 de diciembre de 2014

Año nuevo, vida vieja


El año 2014 comenzó para Calecha con la edición de la Guía Completa de Cangas del Narcea, para continuar su recorrido con la Guía de rutas a pie por Omaña. Nos paseamos seguidamente por la Cordillera Cantábrica con Alberto Fernández Gil y su libro de Osos y Lobos. Subimos a continuación «al cielo» con una biografía muy especial, la de María del Acebo, que nos sacó sonrisas y lágrimas a partes iguales, y finalizamos con el Mapa de Omaña, que ha sido la última publicación de este año.

Satisfechos, pues, de lo alcanzado, sólo nos queda dar las gracias a todos los que hacéis posible este milagro que, hoy en día, supone atreverse a editar o, en general, arriesgarse a emprender cualquier actividad o negocio. Contamos, además de con vuestro generoso apoyo, con la satisfacción que da el poder dedicarnos a lo que nos gusta y, sobre todo, poder hacerlo al margen de subvenciones y apoyos financieros públicos o privados.

Para nosotros, el año termina de igual manera que lo empezamos, con las botas puestas y trabajando en lo mejor que sabemos o podemos hacer; descubriendo rutas y oteando nuevos horizontes; hilvanando recuerdos y recuperando historias. Al 2015 no le pedimos más de lo acostumbrado, ¡qué la fuerza nos acompañe para mantener el rumbo! Lo dicho, gracias a todos, y mucho ánimo para seguir caminando. ¡Año Nuevo, Vida Vieja!

domingo, 16 de marzo de 2014

Cara o cruz

"Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua".
Monsieur Antoine Saint-Exupéry
(Verdad-verdadera)

***

Habían pasado tan sólo un puñado de años desde la lucha contra el francés y en las montañas de León resonaban todavía los ecos de la Guerra de la Independencia, una guerra que terminó con las reales y absolutas posaderas de Fernando VII sobre el trono español.

Don Saturnino Melcón volvía de la feria de Astorga, en donde la venta de dos vacas había reportado buenos beneficios a sus menguadas arcas. La tarde de aquella desapacible jornada de febrero se le había caído encima mucho antes de lo que hubiera deseado. Venteó el aire, que anunciaba ya la próxima tormenta y, aconsejado por la experiencia de sus años, decidió tomar un rumbo diferente para regresar a su hogar. La pobreza campaba a sus anchas por todas partes y los malhechores y bandidos caían sobre comerciantes y peregrinos tendiéndoles emboscadas en los lugares de paso frecuente. Buen conocedor del terreno, dirigió  los pasos de su mulo hacia un atajo que conocía, un sendero de pastores que, en línea recta atravesaba la barrera montañosa  para caer directamente al otro lado sobre su pueblo y propiedades.

Sí. Había calculado mal don Saturnino y la noche se le echaba ya encima cuando empezaron a caer los primeros trapos. Paciencia, pensó, y se arrebujó aún más en la ajada manta que le acompañaba en sus itinerancias. El mulo, con su paso monótono y cansino, parecía indiferente al fantasmal paisaje que comenzaba a rodearle. Iría, seguramente, pensando en el calor del pesebre cuando su instinto le hizo erguir las orejas y bufar intranquilo. Habían alcanzado el cordal y la claridad que proporcionaba la nieve caída permitía distinguir con meridiana claridad los pequeños conjuntos de rocas que sobresalían a uno y otro lado de la senda.  Don Saturnino, reconfortado ya por el archiconocido entorno no estaba preparado para la reacción de su cabalgadura cuando ésta, espantada por la presencia de dos lobos, alzó las patas delanteras y dejó caer el pesado cuerpo de su jinete mientras poseída del fuego interno de la supervivencia coceaba al aire a diestro y siniestro, sin que los lobos, que se adivinaban como cuatro puntos de luz sobre las rocas cercanas, hubieran hecho el más mínimo ademán de acercarse.

A duras penas consiguió el viejo levantarse del duro suelo. No tenía nada roto, pero sí magulladuras de importancia. Recogió las pertenencias que se habían esparcido por el entorno, empuñó un par de afilados guijarros por si aquellos hijos del demonio decidían atacarle, sujetó con dificultad al mulo y, conduciéndolo —o más bien arrastrándolo— con firmeza, continuó recorrido cantando a voz en pecho, mientras hacía acopio de  todo su valor y rezaba a su manera para infundirse los ánimos que le flaqueaban.

Los ladridos de los perros le dieron la bienvenida al pueblo cuando ya, de madrugada, se aventuró por sus callejas hasta recalar en su hogar. Fue entonces, mientras descargaba sus bultos  y liberaba al animal de sus aparejos, cuando echó mano a la bolsa en la que guardaba sus ganancias. Instintivamente supo que faltaban algunas monedas y no le llevó más de un segundo darse cuenta de dónde las había perdido.

No durmió bien aquellas pocas horas. Antes del amanecer salía de nuevo rumbo al collado, deshaciendo el camino andado para buscar el lugar exacto en el que el mulo le había echado al suelo. Lo halló sin mucha dificultad, pero no así las monedas, por mucho que rebuscó entre urces y escobas.  Allí dejó la ganancia de la feria y el sustento de la familia para los próximos meses.

Madame Antoine La Fantastique
(Verdad quizás no tan verdadera)

***

"Los mayores secretos se esconden en los lugares más insospechados".
Roald Dahl
(Verdad Superverdadera)

***

Es sábado casi primaveral. El termómetro del coche marca, sin embargo,  4º C cuando los dos excursionistas se disponen a iniciar la ruta. El sol y la subida van calentando los músculos de los caminantes mientras la nieve, todavía dura y crujiente en las zonas de sombra, permite andar cómodamente sobre su superficie con la consistencia justa para no hundirse ni resbalar en ella. Tras dos horas de subida alcanzan el cordal que una pista, recientemente desbrozada, recorre de extremo a extremo. Mientras él va reconociendo y poniendo nombre a la sucesión de blancos picos que se divisan alrededor, ella camina pendiente del suelo, en parte por no tropezar por enésima vez con los traicioneros tallos de urz y, en parte, por seguir las huellas y rastros de los lobos que, como mucho, les llevarán una ventaja de media hora.  De repente, semienterrada en el camino se dibuja una pequeña cara. Una moneda o algo que se le parece. Sí, es una moneda. La inscripción no deja lugar a dudas:  FERDIN * VII * D* G*HISP*REX*1818*J*8.

María del Roxo
(Verdad Como la vida misma)

***



Epílogo:

Dice Don Internet, una vez consultado, que se trata de una moneda de 8 maravedís de 1818, acuñada en la ceca de Jubia durante el reinado de Fernando VII. También dice el Gran Sabelotodo que su valor de mercado, dependiendo del  estado de conservación, puede oscilar entre los 3 y los 30 euros. Otrosí dice que, en aquellos tiempos, 8 maravedís vendrían a equivaler —según quien haga el cálculo— a 120/240 euros actuales.


Asegura María del Roxo que nunca en su vida se había encontrado una moneda —ni siquiera de peseta—, y añade que el hecho de pensar que un tal Saturnino Melcón—por decir algo— la hubiera perdido hace casi 200 años en las soledades de aquella sierra, le sugiere que algo debió sucederle a su verdadero dueño. Prefiere María del Roxo pensar que no fue asaltado por bandidos y que ya,  de inventar una historia, mejor que no termine del todo mal. Al fin y al cabo, el dinero es sucio y vil, y la moneda refleja el careto del odiado rey Felón. Don Saturnino- —o quien sea— que en paz descanse y gloria esté— ya está criando malvas desde hace una eternidad, así que poco puede ya importarle quién encuentre su moneda…

martes, 24 de diciembre de 2013

Gracias y felices fiestas



Hoy, desde Calecha, queremos daros las gracias de todo corazón.

Gracias por toda la ayuda que nos prestáis de forma desinteresada, por toda la información que compartís con nosotros, por comprar nuestras publicaciones, por leerlas y ponerlas a prueba, por criticarlas y comentarlas cuando es necesario, por alabarlas desmesuradamente, por ayudarnos a mejorarlas, por ser fieles y repetir, por mostrar paciencia con nuestros errores, por compartir nuestros proyectos y nuestros sueños..., y por estar ahí, en definitiva, pegándonos un empujoncito y haciéndonos crecer, creer y seguir disfrutando de nuestro trabajo. 

Gracias a Todos y Cada Uno de vosotros y Felices Fiestas.


lunes, 5 de agosto de 2013

El Bierzo. 50 rutas a pie

  

   A dos kilómetros y medio del río Sil según vuela el pájaro, en Tombrio de Abajo, nació mi abuelo. A sólo medio kilómetro en línea recta del mismo río, aunque veintiséis kilómetros aguas abajo o lo que es lo mismo, en Villalibre de la Jurisdicción, vino al mundo mi abuela. Aunque voy siendo invadido progresivamente por las canas, no tengo las suficientes como para haber conocido a mi abuelo, que murió en 1939. Tras su fallecimiento, mi padre y sus hermanos vivieron unos años en la casa de su abuelo en Tombrio, para pronto asentarse en Villalibre, donde aún reside mi tía, y donde falleció mi abuela en 1981. 

   Cada verano de mi juventud le dedicaba una porción de las vacaciones a la visita a Villalibre, donde el siempre ocurrente de mi primo contaba con mil y una actividades para volver intenso cualquier día, de principio a fin. En una ocasión, al pasar por cierta calle de Villalibre, se fijó mi atención en una casa tradicional de madera, oscura, vieja, y llegaría a decir que incluso espeluznante. Según mi primo, ocho años mayor y más versado en el arte de tomar el pelo, era la casa de Pedro Botero. Más tarde descubrí que ése era uno de los nombres que recibía el Maligno, por lo que -por supuesto, creyéndome que ésa era su casa- su simple recuerdo me creaba cierto desasosiego. Pero había otras casas de la misma guisa, más viejas que el mundo e igual de siniestras. Una de ellas, en la misma carretera general, era imposible de no ver, resaltando claramente sobre las demás, como un faro en un acantilado de la costa.

   Por aquella época, que no sé datar con exactitud, pero que a ojo de buen cubero sería mediados los años setenta, también hice una de las primeras rutas a pie de la que tengo memoria. Me gustaría decir que fue a la mítica, despampanante, célebre, brutal o hermosísima Peña de Valdesancho, pero los calificativos previos son sumamente exagerados, ya que el lugar seguramente sea totalmente desconocido para los que no sean de Villalibre o Priaranza, y ni siquiera se aprecia el peñasco -más bien pedrusco- en las fotografías aéreas. Intenté localizarla en la ruta a pie por el valle de Recunco -sobre el que cae la peña- que realicé para el libro El Bierzo. 50 rutas a pie, pero como dirían en Cangas del Narcea, no fui quién. De aquella antológica jornada -de nuevo exagero un tanto- sólo tengo fugaces imágenes de un extenso robledal -rebollar, descubrí años más tarde-, que no era otro que el Oceo de Villalibre, de donde poco después salieron dos magníficos garrotes que mi padre aún conserva en el maletero de su coche, y que han recorrido muchas cordilleras de la península Ibérica desde entonces, siguiendo indesgastables e indestructibles; es lo que tiene la madera de roble.

  Hacía más de veinticinco años que no caminaba por los alrededores de Villalibre, y en más de una ocasión intenté recordar cómo era aquel territorio en aquellos tiempos, aunque las imágenes me son ya muy nebulosas. Desde luego, más poblado, pero también más inaccesible y con carreteras de las que ya no se encuentran ni en los peores accesos de hoy en día. Ferradillo tenía todas sus casas en ruinas, como pudimos comprobar al recorrerlo bajo las enormes peñas de mármol del mismo nombre. Lo mismo le ocurría a Santa Lucía -que es el único que sigue igual- y a San Adrián, muy reconstruido ahora, igual que Ferradillo. Las Médulas no eran aún Patrimonio de la Humanidad, y se recorrían un poco a pelo. El castillo de Cornatel era una ruina colgada de un peligroso peñasco y Ponferrada daba pena verla, con los camiones de carbón atravesando el centro de la ciudad, fundiendo el asfalto en verano y creando un peligroso borde lateral al hundirse con su peso. Se aparcaba el coche frente al mismo ayuntamiento y no existía zona peatonal alguna. Eso sí, trabajo había, y en abundancia. Ahora todo está más cuidado, pero la comarca está en quiebra.

  Hay quien logra que su vida sea una perfecta línea recta de principio a fin, manteniendo las mismas amistades, relaciones, aficiones, lugar de residencia, la misma vocación y la misma profesión. Otros muchos hemos ido variando, para bien o para mal, y lo que nos disgustaba ahora nos gusta y lo que nos gustaba ahora nos repele. Al menos, en algunas cosas. Aquellas casas lúgubres en las que yo no hubiera vivido por nada en el mundo, y en las que no creía capaz de vivir a nadie -salvo a Paco Fierro, un vecino que comía codo con codo con sus gatos del mismo plato- son las que ahora precisamente busqué para alegrar el alma y para fotografiar para el libro de rutas a pie por la comarca. Afortunadamente, si alguna vez pedí no volver a verlas más, no se me hizo caso, y aún quedan por centenares, especialmente en los pueblos en las faldas de los Montes Aquilianos, aunque también en algunos pueblos escondidos del Alto Boeza o de la sierra del Courel. En algunos casos, pueblos enteros ofrecen una perfecta combinación de lo más antiguo con cuidadas restauraciones de casas que ya se habían venido abajo, ofreciendo al visitante un auténtico deleite en lo arquitectónico. Como ya dije en la introducción del libro, a las fotos de sus páginas me remito para acreditarlo.

   Mientras caminaba por las montañas de El Bierzo me acordaba con frecuencia de Eloy Gundín e Ivo García, por poner nombre y cara a otra generación anterior de montañeros, que exploraron la comarca extensivamente, aunque ningún libro con sus rutas llegara a las librerías. Tuve la oportunidad de ver a Eloy el día de la publicación de este libro, y comprobar que mantiene intacta su afición montañera y su ilusión por descubrir, su cordialidad, amabilidad y talante servicial.

   En muchos pueblos encontré a quién preguntar, aunque fuera una o dos cosas, el nombre de éste o aquel paraje, cabaña o pico. En otros no hubo forma de toparse con ser humano alguno, por más que se intentó, por lo que la toponimia que aparece en el libro de esa zona es solamente aquella de la que tenía cierta fiabilidad. Ha sido un trabajo que abarcó dos primaveras, un verano, un otoño y dos inviernos, por lo que la variedad cromática de los paisajes que aparecen en las fotografías es completa. Además, este último invierno ha sido copiosísimo en nieves, y la primavera se presentó exultante, con agua y vegetación en gran abundancia, que han aportado una belleza excepcional a las rutas desarrolladas durante esos meses. Muchos de los mejores parajes de los que he podido disfrutar me eran desconocidos, porque hasta que no está uno a sus puertas son prácticamente invisibles. A medida que iba comprobando que esto era así, cada nueva ruta me ofrecía la expectativa y la ilusión de encontrar algún otro pequeño tesoro, como así volvió a ocurrir con frecuencia. Ha sido un trabajo largo, con casi tantas horas en coche como a pie y muchas más horas aún de ordenador. Pero al lógico deseo de acabar un proyecto se contrapuso el querer seguir encontrando rincones ocultos, aunque seguramente algún día podré volver a buscarlos.


P.D. El libro ya anda por su segunda edición. Se puede adquirir aquí:

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http://www.calecha.com/190829/286566.html



domingo, 14 de abril de 2013

El sol existe


Yes, yes, yes!!!
Nunca llovió que no escampara, pero parecía que no iba a acabar nunca...
Por fin salió el astro rey y Calecha se calza de nuevo las madreñas para salir al campo.

Feliz y soleada primavera!!!
Oh, happy day...

miércoles, 27 de febrero de 2013

Raposos

   
   Quizá porque no tengo animales de corral y, por tanto, no corro ningún riesgo con las expediciones de caza del raposo, es éste un animal que me resulta grato ver y encontrar. En muchas ocasiones, cuando he tenido espacio próximo donde aparcar y el bicho no estaba muy destripado tras un atropello, he parado el coche para poder verlo a corta distancia, algo que nunca voy a poder hacer mientras el animal ande vivo. Una vez, recién amanecido, incluso estaba aún caliente. Siempre me han llamado la atención su cara de perrillo travieso, esa cola que parece salida de la peluquería tras pasar el secador de pelo, y sus patitas negras.

   Había un zorro que paseaba tranquilamente por los prados del llano de Babia y al que veía cada pocos meses, al atardecer o al amanecer. El último verano un raposo apareció muerto en la cuneta de la carretera más o menos por esa misma zona. Como no le he vuelto a ver, deduzco que fue él el desafortunado. Le echo de menos, la verdad, porque algo tan trivial como ver un raposo buscando alimento me alegraba el día.

  Es un animal tan sumamente astuto y osado que abundan sobre él al respecto las historias en los pueblos, especialmente cuando hay gallineros de por medio. De esos dos rasgos mencionados tengo una anécdota, allá sobre los primeros días del milenio, que nunca se me olvidará. Mientras contemplábamos la puesta del sol a varios grados bajo cero y a diez metros del vivac donde pensábamos pasar la noche, un ruido de plástico a nuestras espaldas delató a un raposo que se llevaba mi bolsa de la comida, que tenía que durarme cinco días, y que se rompió gracias a que era una fina bolsa de supermercado. De no ser porque sus dientes hicieron de tijera en el débil plástico, a la hora de la cena hubiera maldecido mi torpeza por haberme "olvidado" la comida en algún lugar del coche, sin recordar en qué momento la había sacado allí de la mochila. La expedición hubiera tocado a su fin antes de tiempo y mi compañero no hubiera quedado demasiado contento conmigo. Más tarde, cenando en el interior de la pequeña cueva, se nos coló el zorro en dos ocasiones, a pesar de que el espacio era reducido. Ya a oscuras, dentro de los sacos, hubimos de espantarlo más veces, sabiendo que una vez que nos durmiéramos andaría por entre nosotros como Pedro por su casa, como a la mañana siguiente pudimos aseverar. De las dos velas de cera que habíamos usado para alumbrarnos mientras cenábamos, faltaba una, mientras que la otra tenía claras huellas de dientes. Las velas las habíamos dejado a dos palmos de distancia de donde dormí como un bendito.

   
   Tampoco se me olvida aquel zorro que venía por el camino hacia mí, él subiendo y yo bajando, cerca de  Corros y que, absorto en sus profundas cavilaciones, no se dio cuenta de mi presencia hasta que intenté sacar la cámara de fotos, ya a poca distancia. Igual fue el mismo que unos meses más tarde cometió el grave (y último) error de saltar el muro de la casa de Pepe, donde las mastinas, Chenoa y Leona, lo despacharon en un momento.
   
   En Peña Ubiña había hace unos años un zorro casi estabulado, que comía prácticamente de la mano de la gente. Parece mentira cómo un animal que habitualmente sale disparado en cuanto siente a un ser humano a cientos de metros de distancia se puede volver tan atrevido. Pero supongo que si supiéramos realmente lo que es el hambre lo comprenderíamos.


P.D. Alguien que mató al zorro de la última foto decidió decorar un rebollo colgándolo de una de sus ramas

lunes, 21 de enero de 2013

Lobo

 

   
   Espero que me perdonen los amigos de Trascastro, porque he de confesar que siempre que entraba en este pueblo del valle del Naviego mi vista se perdía en la búsqueda de otro gran amigo, una bola de pelo negro llamada Lobo, que no era lobo sino perro. Por lobo podía pasar Rufo, el perro de Casa Atilano, pero Lobo no. Junto con Minuto era el dúo ladrador a la puerta de Casa Tomasón, aunque enseguida Lobo cedía el protagonismo sonoro al diminuto Minuto, para recostarse en su espacio favorito, desde el que contemplaba la vida pasar, plácidamente, desde su plácido carácter. Aunque no salía mucho del pueblo, y si lo hacía era casi siempre con Julio, Marimar, Paco o Roberto, llevaba un punzante collar de pinchos -carrancas- por aquello de protegerle de las mortales dentelladas del otro animal llamado como él, Lobo. No en vano, a un pariente común de Julio y su mujer, Rosario, en Genestoso, los lobos le habían devorado un mastín que cuidaba las vacas por allá arriba, en los límites con Laciana y Somiedo.

   Pero Lobo ya andaba mayor, habiendo venido de la casa de un médico en Madrid, donde no era feliz, para recabar en el tranquilo Trascastro, aunque no le estaba permitido el paso al interior de la casa para disfrutar del calor de la calefacción en invierno -en este caso, de la cocina de carbón- a la que sí había tenido derecho en su hogar previo. De todas formas, no creo que esto fuera un gran inconveniente para Lobo, porque los perros rurales sobreviven los 5º bajo cero del invierno al raso igual que los 35º del verano, con idéntico ropaje para sobrellevar uno y otro. No recuerdo haber visto jamás un perro de pueblo con jersey, como los urbanitas. Sí albergo recuerdos de Lobo cubierto parcialmente de copos de nieve durante el invierno, aparentemente igual de preocupado que un oso polar nadando en las aguas del Ártico.

   Los fines de semana el aspecto de Lobo mejoraba muchos enteros, gracias al cepillado que le daba la porción de la familia que residía en Villablino, y cuyo resultado era casi para certamen de belleza perruna. Al contrario que Minuto, Lobo no era mucho de acompañar a caminante ajeno a su casa por los caminos del valle, y sólo recuerdo dos ocasiones en que saliera de ronda conmigo, una de ellas a Corros, a ver a Pepe. El truhán de Lobo debía de saber que aquél era el camino que llevaba ante las dos mastinas de Pepe, que aunque de acceso restringido para él, no perdía nada intentando el cortejo. La siguiente y última caminata juntos fue a la Braña de Villar de Arbas, al pie del descomunal Cueto de Arbas, mientras preparaba la descripción para la ruta a pie que apareció en el 2º volumen de Alto Sil. 40 rutas a pie, que como explica una banda en la parte inferior, también abarca zonas limítrofes -en la cima del Cueto de Arbas está la frontera con el Alto Sil-.

   Fue la última vez que le vi. Meses después me llegó la noticia de que Lobo ya no estaba, como también hacía algún tiempo que no estaba Minuto, un perrillo que apareció de no se sabe dónde, y que decidió que Casa Tomasón era su nuevo hogar así, por las buenas. Cuando me acuerdo de Lobo me viene a la mente la terrible injusticia del corto ciclo vital de los perros. Si somos lo bastante longevos para sumar muchas décadas de vida, es inevitable que en nuestro camino hayan quedado muchos de estos excelentes amigos, nobles y que conceden su sincera amistad a fondo perdido, sin condiciones, y sin juzgarnos ni dar importancia a nuestros muchos defectos. La raza humana se vanagloria de su superioridad sobre las demás criaturas, pero salvo raras excepciones, no alcanza la "humanidad" ni el sentido de la amistad que tiene un perro.

  

viernes, 11 de enero de 2013

Primeros recuerdos de Ibias

 
   A mediados de los años 70, el inagotable afán exploratorio de mi padre nos llevó a lomos de un viejo 4 Latas (Renault 4), y de sólo tres velocidades, por las infernales carreteras de la comarca leonesa de La Cabrera, el casi igual de inexpugnable municipio de Oencia o las tierras lucenses de Cervantes, por citar sólo los territorios más enrevesados de recorrer en aquella época a cierta distancia de El Bierzo. Para mí aquello era el Finis Terrae, y no podía imaginar lugares de peor acceso o con mayor concentración de mujeres vestidas de negro con pañuelo a la cabeza.

   Muchas veces me gustaría que fuera factible poder almacenar impresiones en algún lugar estanco al deterioro, para luego poderlas revivir en un futuro, y comparar aquellas con las actuales que tengo de un determinado lugar o de una persona concreta. El tiempo pule e incluso cambia de tono o color nuestras percepciones del exterior, y aunque las más intensas se conservan en cierta manera, pierden una gran parte de esa inicial intensidad.

   No se me olvida la primera vez que visité Ibias, al filo del año 2000, como tampoco podré olvidar -casi nadie podrá- la anchura de la carretera que unía Cecos con Luiña hasta hace un par de años, ahora ensanchada casi en su totalidad. Estamos hablando de un carretera de coche y medio de anchura, y donde se suponía que tenían que entrar dos en caso de cruzarse; sin quitamiedos y con un precipicio por donde rodar perfectamente trescientos metros de desnivel hasta tocar fondo en el río de turno. Aquel día estaba ya anocheciendo cuando aparecieron las peñas del entorno de El Corralín al otro lado del parabrisas. Después de haber cruzado desde Rao hasta Pelliceira por pista de tierra y el citado trayecto hasta Luiña, aquella visión tremenda era la guinda para un postre de fantasía y asombro. ¿Cómo podía vivir alguien en aquel territorio tan salvaje, rondando el siglo XXI?

   Desde entonces he vuelto muchas veces por Ibias y, aunque al descubrir nuevos rincones me he llevado gratas sorpresas, ya no me infundió el temor inicial, ni siquiera en la subida al "Alpe d´Huez" del Peñón de Cuantas, por la impresionante carretera de Sena, aparentemente hacia otro fin del mundo, pero que de repente concluye en un lugar amable, con vistas a los preciosos pueblos de Os Coutos, y junto a la Cantina de la amabilísima, hospitalaria y excelente cocinera que es Marta -y su familia-.



   Los 22 hórreos con techo de paja de centeno -récord cantábrico-; el entorno de Seroiro y Pradias, con las Peñas del Infierno; la aparición del cortín de Cadenas al bajar de Villarmeirín, al pie de las verticales peñas que forman el mayor estrechamiento del valle del río Ibias, junto a la Ponte Nova camino de Villardecendias; los tremendos bosques de roble en torno a la braña de Moreda, cerca de Sisterna; el recorrido exquisito entre El Bao y la citada Ponte Nova; Pena Rugueira o Turrunteira -el más vistoso paisaje de alta montaña de Ibias- con sus bosques de la braña de Llanelo; el pueblo de Bustelín y su entorno de despeñaderos de conglomerado -¿cómo no iba a quedar abandonado Bustelín en semejante lugar?-; el valle de Valcárcel, en el tránsito por pista de tierra aparentemente hacia ninguna parte entre Alguerdo y Bustelo; la carretera del puerto del Connio, una de las más hermosas de toda la cordillera Cantábrica -a pesar de que mi padre, en un viaje en los años 80, que no recuerdo por qué me perdí, la definió como infernal e interminable-; Valdebuéis, junto a esa misma carretera, dentro de la misma Reserva de Muniellos, con sus paneras y su arquitectura primigenia; y tantos y tantos pueblos hermosos, que sería muy cansado y largo citar aquí. Todo eso y un cuanto más es Ibias, como cada vez más asturianos -y no asturianos- han comenzado a descubrir. Ibias está de moda, en el boca a boca, y sus alojamientos se llenan en plena crisis.

   ¿Aún no conoces Ibias? Pues ya estás tardando en venir.

   El primer libro de Calecha Ediciones estuvo dedicado a Ibias, contando con la participación de quien más ha difundido Ibias en la red, María del Roxo. http://www.calecha.com/151318/index.html


viernes, 4 de enero de 2013

Dos mil trece sueños...


CALECHA comienza el año 
con miles de pasos que dar,
con decenas de montañas para escalar,
con cientos de historias que contar,
con docenas de pueblos que visitar...

CALECHA comienza el año
con ilusión, con confianza,
con determinación, con alegría,
con ganas, con esperanza,
y con la cabeza llena de proyectos...

¡FELIZ DOS MIL TRECE PARA TODOS
Y FELICES SUEÑOS!