martes, 11 de junio de 2019

Deepak Pandey, el hombre del Manaslu



   Al mediodía del 25 de abril de 2015 estaba Deepak Pandey en las afueras de su pueblo, Asrang, a unos 50 kilómetros al sur del Manaslu, la octava montaña más alta del mundo, cuando oyó el ruido de un helicóptero. Pero por más que miraba no conseguía localizarlo. Fue poco después cuando se dio cuenta de que no había ningún helicóptero y que el ruido procedía del suelo al temblar, cosa que siguió durante siete minutos. Fue el terremoto más grave de la historia reciente de Nepal, pero dentro de lo grave de la tragedia hubo dos factores que contribuyeron a que el número de muertos fuera relativamente reducido, si tenemos en cuenta la intensidad del seísmo. Primeramente, era sábado, el día festivo en el país, a una hora en que la mayor parte de la población estaba fuera de casa -en general la vida se hace en la calle- y en concreto en las zonas rurales mucha gente se encontraba trabajando en los campos, el lugar más seguro posible en estos casos. De haber sucedido otro día de la semana, las pérdidas humanas habrían sido mayores de las 9.000 producidas. El segundo factor afortunado fue la hora del día, porque si hubiera tenido lugar durante la noche, en que el mundo nepalí queda totalmente paralizado y todos sus habitantes duermen bajo techo, estaríamos hablando probablemente de cientos de miles de muertos.

 


   Una de las tres hermanas de Deepak, maestra de escuela, se encontraba en ese momento dentro del recinto escolar y se le vino el mundo encima, literalmente. Permaneció tres horas bajo los escombros, perdió varios dedos de una mano y recibió 33 puntos de sutura en la cabeza. El epicentro del terremoto se encontraba a una veintena de kilómetros, bajo la localidad de Barpak. Todos los valles del Himalaya nepalí quedaron inundados por una inmensa nube de polvo, resultado de los millones de desprendimientos de roca y tierra que se produjeron. A fecha de hoy todavía hay laderas sumamente inestables, más incluso de lo ya inestable que de por sí es una cordillera que aún sigue creciendo a razón de un centímetro al año y cuyos múltiples elementos están sin asentar.


   Deepak es un atleta, a pesar de no ser "mongolian" sino "arian". "Mongolian" es el nombre con que se define a los habitantes de las montañas con ojos más o menos rasgados, pómulos marcados, baja estatura y estructura corporal ancha y compacta, y que en general nos pueden recordar a los pueblos del Tíbet, Mongolia o China. "Arian", aunque no encaja con el ideal ario que nos viene a la mente de forma inmediata, correspondería a los nepalíes más estilizados, más oscuros, y que son similares a los habitantes de la mayor parte de la India. Toda esta explicación viene al hilo de que los atletas del Himalaya nepalí son por antonomasia los "mongolian" (sherpas, gurung y otras etnias de las altas montañas). Es a ellos a quien recurren las expediciones extranjeras para reclutar a sus porteadores de altura. Pero igual que en Pakistán hay porteadores de altura de gran prestigio y enormes cualidades físicas, Deepak es un "arian" que casi nada tiene que envidiar en VO2 max. a la gran mayoría de sherpas. Es un fenómeno.



   Hace un año, después de llevar a sus clientes al campo base del Everest y que estos volvieran a Kathmandu en helicóptero para ahorrarse la caminata de vuelta, Deepak recibió la noticia de su agencia de que tenía que incorporarse a un grupo de trekkers en solo tres días. No le salían las cuentas para hacer el regreso a tiempo, así que decidió solucionarlo por la vía rápida, nunca mejor dicho: hizo el trayecto de 69 km desde el campo base a Lukla (el aeródromo habitual de la zona) en solo 9 horas, con mochila y botas. Ahí es nada. Un año se animó a participar en la maratón del Everest, que se realiza en sentido descendente desde el campo base del Everest hasta Namche Bazar, aunque incluye algunas subidas, quedando quinto en la clasificación. Es un espectáculo verle bajar corriendo por las rocas, a razón de cuatro o cinco pisadas por segundo en los tramos de empedrado irregular escalonado como el de la foto inferior. No creo que yo a su edad pudiera tener la mitad de reflejos de Deepak.



   A pesar de solo tener 22 años, acumula ya una ristra de kilómetros en sus piernas que pocos montañeros de medio siglo tienen en Occidente. Ya de pequeño bajaba corriendo los 28 kilómetros que separan su pueblo de la capital del distrito, Gorkha, para volver a subir otra vez corriendo de regreso en el día. Empezó como porteador, cargando hasta 40 kg de peso, para ascender rápidamente a la categoría de sirdar, o guía de montaña. Como tal ha realizado 25 veces el trekking del Manaslu y más de 20 el del campo base del Everest, así como la mayoría de otros circuitos y rutas habituales de Nepal.


   Deepak es hindú, como casi todos los habitantes de las primeras estribaciones del Himalaya, y pertenece a la casta de los brahmanes, la superior de las cuatro castas principales del hinduismo. Aunque influye, la casta no es determinante para establecer el estatus económico de un hindú. Hay brahmanes pobres, y un intocable llegó incluso a ser presidente de la India. Aunque casi se puede generalizar que un intocable -que no pertenece al sistema de castas porque incluso está fuera de ellas- va a llevar por lo general una vida miserable, con trabajos infrahumanos y condiciones de vida idénticas, y los mejores puestos de la administración y las profesiones más elitistas suelen estar en manos de brahmanes, las matemáticas aquí no son exactas. Deepak comenzó el oficio desde abajo, cargando como cargaría cualquier otro nepalí, independientemente de su casta, y se ha ganado el ascenso a pulso. Entre las posesiones imprescindibles que carga en su mochila está un libro para perfeccionar el inglés, y ahora empieza su último año de un equivalente a la carrera de empresariales. Es un hombre hecho a sí mismo, a quien nadie ha regalado nada.



   Para hacer ciertas rutas de montaña en Nepal es obligatorio ir acompañado de un guía o sirdar, por ser zonas restringidas, próximas a la frontera con China o de especial valor medioambiental. Eso supone tener que pagar el salario del guía y su transporte, aunque para los estándares occidentales son cuatro perras. La duda que entra es si la persona que va a ser nuestra sombra durante dieciséis horas diarias y varias semanas va a congeniar con nosotros, o por el contrario no va a haber química desde el principio y su compañía se nos va a hacer una penitencia interminable. Por lo poco que he podido ver, este no suele ser el caso, porque el nepalí es mucho más sociable, menos neurótico y mucho más paciente que el occidental medio. Pero hay excepciones, de acabar a golpes en algunos casos, aunque ahí habría que ver quién de los dos tenía más culpa; tiendo a creer que más bien del lado del extranjero que del nepalí.



   Confieso que a mí me resultaba incómoda la idea de tener que llevar un guía. Desde los dieciocho años me he organizado yo mis excursiones y prefiero volverme a casa de vacío porque no he encontrado el sendero correcto que el hecho de que me lleven de la mano. La mitad de la aventura radica para mí en solucionar los problemas de orientación por mis propios medios. En mi anterior experiencia en Nepal, aunque era obligatoria la presencia del sirdar, por ser un pico de más de 6.000 metros, se solventó encontrando uno que firmara pero no viniera con nosotros, algo posible hace veinticinco años, pero no ahora. Pero visto en perspectiva estoy muy contento de haber realizado el trekking del Manaslu con guía. He aprendido más de la cultura y la lengua nepalí de lo que lo hice las tres veces anteriores en el país y otras veinte más que pudiera ir por cuenta propia. Y con guías como Deepak Pandey la satisfacción es aún mayor y por supuesto las ganas de poder volver a contar con su enriquecedora compañía.



   A pesar de sus 22 años, Deepak es una persona muy madura, como maduros eran nuestros abuelos a su edad. Pero se puede ser maduro sin ser profesional u honesto, aunque Deepak añade además esos dos elementos al primero. Por edad podría ser mi hijo, pero con frecuencia se me olvidaba el abismo de edad que había entre nosotros y conversaba con él de igual a igual, sobre historia, tradición, toponimia, geografía, clima o religión. Otras veces era yo quien descendía a los 22 años y echaba carreras con Deepak, jugaba al balón, o recuperaba la alegría y la vitalidad de esa edad.



  Espero no tener que esperar otros 24 años en volver a Nepal y que los ahorros permitan alguna otra vez en tiempos próximos poder realizar algún otro recorrido en compañía de Deepak, aunque no sea obligatorio por decreto el tener que hacerlo. Sale realmente a cuenta el dinero invertido en el guía, a nivel humano, cultural y experiencial. Si estás leyendo este texto y tienes en mente caminar por Nepal y barajas la posibilidad de hacerlo con guía, Deepak Pandey es el acompañante perfecto: atento, servicial, honrado, experimentado, con gran sentido del humor.... y con una paciencia a prueba de españoles. Pregunta en Himalayas on Foot por él. Es una de las agencias más prestigiosas de las 1.200 existentes en Nepal, muy seria y fiable.






viernes, 7 de junio de 2019

Bhagwati Pun o la sonrisa del corazón



  Sonreír con los labios es fácil, porque solo hay que arquearlos. Luego está la sonrisa de los ojos, que se puede intentar fingir, pero los ojos no mienten nunca. Quien sonríe con los ojos sonríe con el corazón. Bhagwati Pun es de rostro más bien serio, pero cuando sonríe, entonces se ilumina todo el Himalaya.



  Quizá cuando has nacido en una familia humilde, muy humilde, y consigues llegar a la universidad en un país como Nepal, y a los veinte años todos tus proyectos y deseos de seguir formándote y de aprender se te vienen abajo porque ha llegado el momento de tu matrimonio, entonces igual no eres muy de sonreír. Si eres de la llanura, a muchos kilómetros del Himalaya, y quieres ser guía de montaña, una profesión de hombres, y en tus primeros años de trabajo recibes comentarios negativos y reprobación de algunos compañeros de oficio, quizá tampoco te queden muchas ganas de sonreír. Pero si de cuando en cuando alguien valora tu trabajo y tu indestructible determinación por lograr tus sueños, la sonrisa que brota vale por todas aquellas que no pudiste esbozar en los malos momentos.

 En lo alto del Larke Pass (inglés), Larke La (tibetano) o Larke Bhanyang (nepalí), culmen del circuito del Manaslu. Bhagwati, con los brazos en cruz.

   Bhagwati nos cuenta su historia, su lucha, su tesón, en este vídeo, con un inglés algo pobre pero que ha mejorado bastante desde entonces. Existe en Pokhara, la segunda ciudad más poblada de Nepal, una agencia de trekking dirigida por tres hermanas, 3 Sisters Adventure Trekking, que tiene en nómina a una quincena de mujeres como guías de montaña, a las que ellas mismas han formado. Para algunas extranjeras que viajan solas a Nepal y desean realizar algún trekking con guía, puede resultar algo incómodo pasar unos días o varias semanas con un varón desconocido. En el mes de mayo de este año, una joven holandesa contrató los servicios de Bhagwati para realizar el circuito del Manaslu más la variante del valle de Tsum, tres semanas en total. Como el permiso para el Manaslu cuesta doble yendo en solitario, lo compartió con un barcelonés, Xavi. Al inicio de la ruta encontraron a un australiano, Daniel, que viajaba solo con su guía-porteador, y los cinco hicieron piña de principio a fin, como una familia multicultural y multinacional.

 
Tapando todos los resquicios para que el fuerte viento de las alturas, unido al sol y la nieve, no haga mella en la piel. Más de uno acabó del color del cangrejo.

  Bhagwati comenzó su experiencia montañera en el año 2007, trabajando dos años como porteadora. Prácticamente todos los guías de montaña en Nepal comenzaron porteando, aprendiendo el oficio de la montaña desde abajo. Cuando tienes que cargar con 30 ó 40 kilos durante días o semanas en altitud, adquieres una base física impagable para luego estar a la altura del puesto cuando las responsabilidades aumentan tras el ascenso a guía.

  


martes, 4 de junio de 2019

DEGAÑA. 12 RUTAS A PIE



El concejo de Degaña forma parte del Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, el más occidental de los parques naturales asturianos y el que conserva más especies de fauna protegida. Todo el sur de Degaña es una franja continua de veinte kilómetros de roble y adebul, incluyendo un bonito hayedo y varias lagunas. Degaña es un municipio con mucha personalidad, minero, cunqueiro y de una riqueza natural incalculable. Este libro trata sobre bosques y lagunas, en el valle más alto de Asturias.

Cada ruta a pie del libro incluye un detallado mapa topográfico, perfil altitudinal, descripción precisa del desarrollo del itinerario y numerosas fotografías que permiten identificar las diferentes vistas que encontraremos durante el recorrido. Para aquellos que solo deseen realizar itinerarios suaves o de corta duración, se ha incluido un listado de 7 opciones, a partir de las 12 rutas descritas, con tramos de interés que se pueden realizar cómodamente.







Incluye:
- 15 mapas topográficos a todo color
- Abundantes panorámicas para identificar cumbres
- 225 fotografías


Características del libro:
Autor: Alberto Álvarez Ruiz
P.V.P.: 12 €
I.S.B.N.: 978-84-948718-3-2
Año 2019
Dimensiones: 10 x 19 cm
144 páginas
Encuadernación: rústica con solapas
Fotografías en color


ÍNDICE DEL LIBRO:

Sumario
Presentación

DATOS GENERALES
Sobre el libro
Consejos

VALLE DE DEGAÑA
Mapa del valle de Degaña

Ruta nº 1. Lagunas de L.lagüeños
Ruta nº 2. Hayedo de Cerredo
Ruta nº 3. Laguna de L.langreiro y Picón
Ruta nº 4. De Degaña al puerto de San Antón
Ruta nº 5. Lagunas de Fasgueo y Veigardón
Ruta nº 6. Camino Real de Degaña
Ruta nº 7. El L.lagonacho y Pico de Veigarredonda
Ruta nº 8. Puerto del Trayeto y Mosqueiro
Ruta nº 9. Barganal o Altu il Corralón

TIERRA CUNQUEIRA
Mapa de la Tierra Cunqueira

Ruta nº 10. Lagunas de Trabáu o Sisterna
Ruta nº 11. El Corralín
Ruta nº 12. Sierra de Trabáu

APÉNDICES
Paseos y rutas fáciles
Listados
Bibliografía y cartografía



INTERIOR DEL LIBRO:







 

viernes, 12 de abril de 2019

30 años de amistad


 En Sierra Nevada, en 1990

   Hay compañeros de aventuras que dan poquísima guerra, nunca protestan, son eternamente fieles y salen baratos de mantener. Se dejan llevar y traer, nunca preguntan cuánto queda, no necesitan parar a desayunar antes de la caminata ni a tomar una cerveza al concluirla. No te piden que vayas más despacio ni te llevan con la lengua fuera. No te recriminan que lleváis una hora subiendo cuando tú le habías dicho que solo serían veinte minutos. Si hay que atravesar un zarzal o un piornal interminable no te echan en cara que no les habías avisado de que la ruta tenía truco. Si alguna vez hay que pernoctar, no roncan y no te tienen la noche en vela. Son de los que nunca te piden agua ni comida, porque de tan ligeros que quisieron ir no llevaron lo suficiente. Pero, desafortunadamente, no suelen ser compañeros para toda la vida, porque tarde o temprano las lesiones y la vejez los va dejando fuera de servicio.

 Bajo La Sagra (Granada), en 1990

   En mi caso, el más fiel compañero lleva ya treinta años conmigo. No viene a todas las rutas, porque desde hace muchos años en invierno se queda en casa. Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que no le he preguntado en invierno si quiere venir. Simplemente no le invito. Cuando llega el calor se crece y entonces está siempre ahí, un buen amigo, ejemplar, de los que ya no se encuentran. Los de ahora en unos pocos años ya tienen achaques y no puedes contar más con ellos. Puede sonar a topicazo, pero los de ahora no son como los de antes.

 Monasterio de Tikse, 1994

Bajando del Stok Kangri, 1994

   Echando cuentas, así un poco por encima, calculo que hemos ido a la montaña juntos más de mil veces. Luego hemos viajado juntos también, y ahí ya no sé calcular los días, pero quizá otros tantos. Es duro como una piedra, resistente como un tuareg y un esquimal juntos, está muy curtido por los elementos, como la piel de cuero de un tibetano. Si fuera ciclista sería un Alejandro Valverde, incombustible, y si fuera un tenista tendría la eterna resistencia de Rafa Nadal, aunque no sé si la calidad de su juego. No sé cuánto tiempo más compartiremos alturas, porque ya le veo algo apagado y no tiene la recia presencia de antaño. Cualquier día me deja colgado.

 Taksindo La. Hacia el Mera Peak, que aparece en el marco de la puerta, 1995

Pico Aragüells, 1997


   Nos conocimos una mañana en el Rastro madrileño, más o menos cuando conocí a Javier. Conectamos de inmediato, hubo química, que dirían, y hasta ahora. Os lo presento:



   A decir verdad, no sé cómo se llama. Tampoco hablamos mucho. Contemplamos las montañas en silencio y no necesitamos del lenguaje para estar a gusto. El día que ya no esté para acompañarme, sé que seguiré pudiendo verle y haciéndole compañía. Pero me da miedo que antes de eso, un día huracanado una ráfaga se lo lleve, como a Janez Jeglic en la cima del Nuptse.

 Ibias, 2010

 Una de nuestras últimas rutas juntos. Alto de los Foyos de Piagüé, Ponga. 2018



jueves, 21 de marzo de 2019

Javier de Ponga


   Esta es la última fotografía que me envió mi amigo Javier, del Desfiladero de los Beyos, tomada dos días antes de acabar el año.

   A Javier le dediqué el libro de Ponga, junto a su mujer y a los ponguetos que me encontré durante los meses de elaboración del libro y que me ayudaron con toponimia de la zona. Javier no era de Ponga, pero había dejado una parte de su alma allí, y seguro que allí sigue.

   Apenas un mes después de la publicación del libro, mientras recorría un desfiladero a muchos kilómetros de allí, me llegó la noticia de su fallecimiento, en un accidente de trabajo. Acababa de empezar el día y me quedaban muchas horas por delante, pero ya no fui capaz de disfrutar del paisaje.

   Desde que planeé la elaboración del libro de Ponga tenía en mente que Javier apareciera en la portada. Pongueto, aunque fuera adoptivo, y montañero con miles de jornadas en las cumbres; era el protagonista perfecto, y el más justo. Pero por distintos azares, no hubo forma de coincidir en la montaña esos meses y la foto nunca se materializó.

 Javier y Arwen

   Conocí a Javier en 1989. Un año después, en la Semana Santa de 1990, coincidimos los dos en un curso de escalada de la Federación Madrileña realizado en la Pedriza del Manzanares. Nos repartieron en grupos de cuatro o cinco, cada uno con un profesor. A mí me tocó Juanjo Ruiz, que luego se disfrazaría de El Cainejo para reconstruir la primera ascensión al Urriellu en Al Filo de lo Imposible. Javier, que se llevó a su perro Makalú, tuvo de profesor los cuatro días a José Luis Arranz, un chico rubio con melenas, bajito y delgado, muy tímido, pero que unos años después era uno de los principales referentes nacionales en la escalada en hielo. Con Máximo Murcia, José Luis hizo la primera repetición de Thanatos, una pavorosa cascada de hielo en Gavarnie de más de 200 metros de altura. A Gavarnie iba a ir José Luis con Javier en 1998, pero a última hora le dejó en tierra y se fue con Jorge Pereira, otro conocido profesor de escalada. Eso a Javier le salvó la vida, porque la cascada que estaban escalando se vino abajo y murieron ambos, además de otro escalador que había en las inmediaciones.

   Javier también tuvo la oportunidad de escalar con Máximo Murcia, un alpinista de altísimo nivel, muy discreto, resistente a los elementos como si fuera un alpinista ruso o polaco. Javier lo intentó con las grandes montañas, una sola vez, en un sietemil del Pamir, pero no pudo con el ambiente competitivo y egoísta de las grandes expediciones, donde algunos escatiman esfuerzos para no gastarse y poder estar en condiciones de hacer cumbre, dejando que el mayor peso de las tareas de porteo y montaje de campamentos expriman a otros. Nunca más, se dijo, y nunca más lo volvió a intentar.

Al pie de Peña Ubiña


   Corrió durante muchos años, llegando a participar en una media maratón, pero la rodilla le obligó a olvidarse de esa faceta. Uno de los perros que tuvo le escondía las zapatillas para que no le sacara a correr. A mediados de los noventa había ido a visitar a un compañero de facultad, indio sikh, que vivía en Amritsar, la capital del mundo sikh en el Punjab que quedó del lado indio tras la partición de 1948. De allí, con la bicicleta que había llevado desde Madrid en el avión, recorrió Himachal Pradesh. Lo mismo se iba una semana al Alto Tajo con la bicicleta, que hacía senderismo en sierras de baja cota, que escalaba vías complejas en roca y hielo, o se iba a observar aves, otra de sus pasiones. Cuando fue a visitarme a Cangas del Narcea en el año 2004, en que hicimos una ruta por sus montañas, me sorprendió que me pidiera bajar el ritmo. Aún no sabía por qué a veces se encontraba tan cansado, pero no tardaron en decírselo: era diabético. Eso no le impidió seguir haciendo grandes recorridos en bicicleta de montaña o escalar, como tampoco fueron obstáculo para ello sus vértebras lumbares o un hombro cada vez más dañado. Javier era duro como una piedra y nada le amilanaba.

 En el Monte el Gato, con el Cueto de Arbas al fondo

   Bueno, algo sí: la familia. Con tres hijos, colgado en artificial y en solitario en una pared de los Galayos se preguntó un día aquello de "¿qué hago yo aquí arriba?" Bajó el pistón, pero decía que su profesión de trabajos verticales le obligaba moralmente a seguir escalando, porque él se anunciaba como escalador y tenía que mantenerse al día en los nuevos materiales y técnicas. Unos años después me llegó a mí el hacerme esa misma pregunta que se hizo él en Galayos. Fui con Javier a Peña Ubiña, un noviembre que trajo un frente frío más copioso de nieve de lo habitual, y nos encaramamos a la cara noroeste, la que da a Torrebarrio. Allí, en un ensamble con un hielo inestable, porque aún no era invierno, un mes antes de que naciera mi hija mayor decidí que aquello ya no tenía sentido. Dos semanas más tarde, en la misma Pedriza donde escalé la primera vez, lo hice también por última.

 Con Pepe, único habitante de Corros durante veinticinco años. Javier odiaba llamar la atención y dudé si poner esta foto porque en ella parece indicar todo lo contrario, luciendo musculatura; la cuestión es que no llevó camiseta normal bajo la camiseta térmica y se asaba cuando empezó el calor. Recurrió al viejo truco de poner la camiseta protegiendo los hombros del roce de la mochila para no ir con la sauna a cuestas. La foto es muy significativa: dos apreciados personajes de dos mundos completamente distintos.


   Javier tenía el don de contagiar entusiasmos de los que ni siquiera tenía intención. En el verano de 2018, en una visita a Ponga donde no pudimos ir de monte porque estaba mal día, salió el tema de la escalada en mixto, los corredores, lo que más echo de menos de todo aquello. Salió de común acuerdo, de forma espontánea, sin proselitismo por su parte, intentarlo en Picos el invierno para el que ya no quedaba tanto. Después de catorce años sin hacer más que ocasionales trepadas a cumbres medianas, decidí ponerme manos a la obra y entrenar un poco. Quizá fui demasiado rápido porque el hombro crujió, que unido a otras averías de correr en asfalto me hizo advertir a Javier de que este invierno no iba a poder ser. Lo que no sabía es que ya no habría más inviernos.


 Dos momentos en Peña Ubiña 



   Lo habitual cuando se habla de alguien que ya no está es silenciar lo negativo y resaltar lo positivo, o incluso inventarlo. Yo tengo testigos que pueden afirmar lo que dije durante años de Javier y que ahora repito: que nunca decía una palabra más alta que otra, que nunca tenía un mal gesto, y que era una persona muy noble. Javier pasó por el mundo sin meter ruido, disfrutando de sus pasiones sin hablar de sus logros, que solo hizo para sí. He buscado en internet su nombre y solo encontré una referencia de un compañero de escaladas en un foro de montaña, muy breve, con esta foto que viene a continuación, despidiéndose de él. Toda una vida de esfuerzo, de pasión, de ilusión, de luchar contra la adversidad física que pretendía impedirle practicar sus aficiones, para el gran público es como si no hubiera existido.



   Lo curioso es que pienso que en el fondo eso es como debería ser siempre. Sus familiares y amigos y aquellos que le importaron sí saben de su vida y de sus méritos. Lo que piensen los demás, en un mundo de ego y vanidad, donde mediocres sin calidad humana reciben vanos aplausos que no les ayudan a salir de su miseria moral, no tiene ningún valor. A unos (los famosos) y a otros (los que les elevan a la categoría) nadie les recordará en unas décadas, igual que nadie recordará a Javier. Pero por lo menos él sí hizo que el mundo, o por lo menos el mundo que entraba en contacto con él, fuera un lugar un poco mejor, un poco más amable. El poder de una palabra amable aquí y de una sonrisa sincera allí es formidable; te alegra el día, te saca de un bajón anímico cuando todo a tu alrededor parece hostil. Y es gratis. El que te lo da no te pide nada a cambio. Eso es lo más valioso de todo.

   Javier era muy querido en Sobrefoz, el pueblo más próximo a donde tenía su cabaña y adonde fue siempre que pudo, en cualquier estación del año, durante catorce años. Tenía un conocimiento muy profundo de las montañas de Ponga y de su naturaleza. Su sencillez y trato sincero le hicieron ganar enseguida la confianza de los vecinos del pueblo que, al igual que todos los que le conocimos, no damos crédito a lo sucedido y nos rebelamos contra la implacable realidad. 

 Cumbre de Peña Ubiña. ¿Por qué cumbre andarás ahora, amigo?

   Javier, no sé dónde andarás ahora, pero sé que tienes que estar en alguna parte. Esto no puede quedar así. Tendremos que volver a encontrarnos, donde tú quieras, aunque no haya montañas a la vista. No me puedes dejar huérfano de tu amistad, de tu humanidad, de tu ejemplo. Ni a mí ni a ninguno de los que te hemos valorado tanto.

   Con Javier acaba para mí una etapa. Era el último amigo escalador que quedaba de mi generación. Ya no tengo con quién hablar de montañas. Ahora ya sé que ya no volveré a escalar.
 


jueves, 21 de febrero de 2019

PARQUE NATURAL DE PONGA. 20 RUTAS A PIE


   El Parque Natural de Ponga es un anticipo de los Picos de Europa, con sus grandes desfiladeros y paredes, pero sus bosques son más extensos y carece de masificación turística. Sus poblaciones son muy atractivas y sus rutas de una gran variedad, aunque abundan para montañeros con una cierta experiencia.

   Cada ruta a pie del libro incluye un detallado mapa topográfico, perfil altitudinal, descripción precisa del desarrollo del itinerario y numerosas fotografías que permiten identificar las diferentes vistas que encontraremos durante el recorrido. Para aquellos que solo deseen realizar itinerarios suaves o de corta duración, se ha incluido un listado de 11 opciones, a partir de las 20 rutas descritas, con tramos de interés que se pueden realizar cómodamente.



Incluye:
- 24 mapas topográficos a todo color
- Abundantes panorámicas para identificar cumbres
- 420 fotografías


Características del libro:
Autor: Alberto Álvarez Ruiz
P.V.P.: 17 €
I.S.B.N.: 978-84-948718-2-5
Año 2019
Dimensiones: 10 x 19 cm
288 páginas
Encuadernación: rústica con solapas
Fotografías en color


ÍNDICE DEL LIBRO:

Presentación

DATOS GENERALES
Sobre el libro
Consejos

EL NORTE DE PONGA
Mapa del Norte de Ponga
 
Ruta nº 1. Mota Cetín
Ruta nº 2. Pico el Cuniu
Ruta nº 3. Valle Moru
Ruta nº 4. Alto los Foyos
Ruta nº 5. La Huérfana
Ruta nº 6. Pico Pierzu

AL SUR DE BELEÑO
Mapa de Al Sur de Beleño

Ruta nº 7. Valle del Ponga
Ruta nº 8. Peña Suanciu o Peña la Fresneda
Ruta nº 9. Maciédome
Ruta nº 10. Colláu Zorru
Ruta nº 11. Pico el Abedular
Ruta nº 12. Pileñes
Ruta nº 13. Peña Ten

LA VERTIENTE DEL SELLA
Mapa de la Vertiente del Sella

Ruta nº 14. Bosque de Peloño
Ruta nº 15. Sen de los Mulos
Ruta nº 16. Peña Subes
Ruta nº 17. Peña Salón (desde Les Bedules)
Ruta nº 18. Senda del Cartero y Peña Salón
Ruta nº 19. La Roble o Carriá
Ruta nº 20. Jucantu

APÉNDICES
Paseos y rutas fáciles
Listados
Bibliografía y cartografía



INTERIOR DEL LIBRO: