viernes, 12 de abril de 2019

30 años de amistad


 En Sierra Nevada, en 1990

   Hay compañeros de aventuras que dan poquísima guerra, nunca protestan, son eternamente fieles y salen baratos de mantener. Se dejan llevar y traer, nunca preguntan cuánto queda, no necesitan parar a desayunar antes de la caminata ni a tomar una cerveza al concluirla. No te piden que vayas más despacio ni te llevan con la lengua fuera. No te recriminan que lleváis una hora subiendo cuando tú le habías dicho que solo serían veinte minutos. Si hay que atravesar un zarzal o un piornal interminable no te echan en cara que no les habías avisado de que la ruta tenía truco. Si alguna vez hay que pernoctar, no roncan y no te tienen la noche en vela. Son de los que nunca te piden agua ni comida, porque de tan ligeros que quisieron ir no llevaron lo suficiente. Pero, desafortunadamente, no suelen ser compañeros para toda la vida, porque tarde o temprano las lesiones y la vejez los va dejando fuera de servicio.

 Bajo La Sagra (Granada), en 1990

   En mi caso, el más fiel compañero lleva ya treinta años conmigo. No viene a todas las rutas, porque desde hace muchos años en invierno se queda en casa. Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que no le he preguntado en invierno si quiere venir. Simplemente no le invito. Cuando llega el calor se crece y entonces está siempre ahí, un buen amigo, ejemplar, de los que ya no se encuentran. Los de ahora en unos pocos años ya tienen achaques y no puedes contar más con ellos. Puede sonar a topicazo, pero los de ahora no son como los de antes.

 Monasterio de Tikse, 1994

Bajando del Stok Kangri, 1994

   Echando cuentas, así un poco por encima, calculo que hemos ido a la montaña juntos más de mil veces. Luego hemos viajado juntos también, y ahí ya no sé calcular los días, pero quizá otros tantos. Es duro como una piedra, resistente como un tuareg y un esquimal juntos, está muy curtido por los elementos, como la piel de cuero de un tibetano. Si fuera ciclista sería un Alejandro Valverde, incombustible, y si fuera un tenista tendría la eterna resistencia de Rafa Nadal, aunque no sé si la calidad de su juego. No sé cuánto tiempo más compartiremos alturas, porque ya le veo algo apagado y no tiene la recia presencia de antaño. Cualquier día me deja colgado.

 Taksindo La. Hacia el Mera Peak, que aparece en el marco de la puerta, 1995

Pico Aragüells, 1997


   Nos conocimos una mañana en el Rastro madrileño, más o menos cuando conocí a Javier. Conectamos de inmediato, hubo química, que dirían, y hasta ahora. Os lo presento:



   A decir verdad, no sé cómo se llama. Tampoco hablamos mucho. Contemplamos las montañas en silencio y no necesitamos del lenguaje para estar a gusto. El día que ya no esté para acompañarme, sé que seguiré pudiendo verle y haciéndole compañía. Pero me da miedo que antes de eso, un día huracanado una ráfaga se lo lleve, como a Janez Jeglic en la cima del Nuptse.

 Ibias, 2010

 Una de nuestras últimas rutas juntos. Alto de los Foyos de Piagüé, Ponga. 2018



jueves, 21 de marzo de 2019

Javier de Ponga


   Esta es la última fotografía que me envió mi amigo Javier, del Desfiladero de los Beyos, tomada dos días antes de acabar el año.

   A Javier le dediqué el libro de Ponga, junto a su mujer y a los ponguetos que me encontré durante los meses de elaboración del libro y que me ayudaron con toponimia de la zona. Javier no era de Ponga, pero había dejado una parte de su alma allí, y seguro que allí sigue.

   Apenas un mes después de la publicación del libro, mientras recorría un desfiladero a muchos kilómetros de allí, me llegó la noticia de su fallecimiento, en un accidente de trabajo. Acababa de empezar el día y me quedaban muchas horas por delante, pero ya no fui capaz de disfrutar del paisaje.

   Desde que planeé la elaboración del libro de Ponga tenía en mente que Javier apareciera en la portada. Pongueto, aunque fuera adoptivo, y montañero con miles de jornadas en las cumbres; era el protagonista perfecto, y el más justo. Pero por distintos azares, no hubo forma de coincidir en la montaña esos meses y la foto nunca se materializó.

 Javier y Arwen

   Conocí a Javier en 1989. Un año después, en la Semana Santa de 1990, coincidimos los dos en un curso de escalada de la Federación Madrileña realizado en la Pedriza del Manzanares. Nos repartieron en grupos de cuatro o cinco, cada uno con un profesor. A mí me tocó Juanjo Ruiz, que luego se disfrazaría de El Cainejo para reconstruir la primera ascensión al Urriellu en Al Filo de lo Imposible. Javier, que se llevó a su perro Makalú, tuvo de profesor los cuatro días a José Luis Arranz, un chico rubio con melenas, bajito y delgado, muy tímido, pero que unos años después era uno de los principales referentes nacionales en la escalada en hielo. Con Máximo Murcia, José Luis hizo la primera repetición de Thanatos, una pavorosa cascada de hielo en Gavarnie de más de 200 metros de altura. A Gavarnie iba a ir José Luis con Javier en 1998, pero a última hora le dejó en tierra y se fue con Jorge Pereira, otro conocido profesor de escalada. Eso a Javier le salvó la vida, porque la cascada que estaban escalando se vino abajo y murieron ambos, además de otro escalador que había en las inmediaciones.

   Javier también tuvo la oportunidad de escalar con Máximo Murcia, un alpinista de altísimo nivel, muy discreto, resistente a los elementos como si fuera un alpinista ruso o polaco. Javier lo intentó con las grandes montañas, una sola vez, en un sietemil del Pamir, pero no pudo con el ambiente competitivo y egoísta de las grandes expediciones, donde algunos escatiman esfuerzos para no gastarse y poder estar en condiciones de hacer cumbre, dejando que el mayor peso de las tareas de porteo y montaje de campamentos expriman a otros. Nunca más, se dijo, y nunca más lo volvió a intentar.

Al pie de Peña Ubiña


   Corrió durante muchos años, llegando a participar en una media maratón, pero la rodilla le obligó a olvidarse de esa faceta. Uno de los perros que tuvo le escondía las zapatillas para que no le sacara a correr. A mediados de los noventa había ido a visitar a un compañero de facultad, indio sikh, que vivía en Amritsar, la capital del mundo sikh en el Punjab que quedó del lado indio tras la partición de 1948. De allí, con la bicicleta que había llevado desde Madrid en el avión, recorrió Himachal Pradesh. Lo mismo se iba una semana al Alto Tajo con la bicicleta, que hacía senderismo en sierras de baja cota, que escalaba vías complejas en roca y hielo, o se iba a observar aves, otra de sus pasiones. Cuando fue a visitarme a Cangas del Narcea en el año 2004, en que hicimos una ruta por sus montañas, me sorprendió que me pidiera bajar el ritmo. Aún no sabía por qué a veces se encontraba tan cansado, pero no tardaron en decírselo: era diabético. Eso no le impidió seguir haciendo grandes recorridos en bicicleta de montaña o escalar, como tampoco fueron obstáculo para ello sus vértebras lumbares o un hombro cada vez más dañado. Javier era duro como una piedra y nada le amilanaba.

 En el Monte el Gato, con el Cueto de Arbas al fondo

   Bueno, algo sí: la familia. Con tres hijos, colgado en artificial y en solitario en una pared de los Galayos se preguntó un día aquello de "¿qué hago yo aquí arriba?" Bajó el pistón, pero decía que su profesión de trabajos verticales le obligaba moralmente a seguir escalando, porque él se anunciaba como escalador y tenía que mantenerse al día en los nuevos materiales y técnicas. Unos años después me llegó a mí el hacerme esa misma pregunta que se hizo él en Galayos. Fui con Javier a Peña Ubiña, un noviembre que trajo un frente frío más copioso de nieve de lo habitual, y nos encaramamos a la cara noroeste, la que da a Torrebarrio. Allí, en un ensamble con un hielo inestable, porque aún no era invierno, un mes antes de que naciera mi hija mayor decidí que aquello ya no tenía sentido. Dos semanas más tarde, en la misma Pedriza donde escalé la primera vez, lo hice también por última.

 Con Pepe, único habitante de Corros durante veinticinco años. Javier odiaba llamar la atención y dudé si poner esta foto porque en ella parece indicar todo lo contrario, luciendo musculatura; la cuestión es que no llevó camiseta normal bajo la camiseta térmica y se asaba cuando empezó el calor. Recurrió al viejo truco de poner la camiseta protegiendo los hombros del roce de la mochila para no ir con la sauna a cuestas. La foto es muy significativa: dos apreciados personajes de dos mundos completamente distintos.


   Javier tenía el don de contagiar entusiasmos de los que ni siquiera tenía intención. En el verano de 2018, en una visita a Ponga donde no pudimos ir de monte porque estaba mal día, salió el tema de la escalada en mixto, los corredores, lo que más echo de menos de todo aquello. Salió de común acuerdo, de forma espontánea, sin proselitismo por su parte, intentarlo en Picos el invierno para el que ya no quedaba tanto. Después de catorce años sin hacer más que ocasionales trepadas a cumbres medianas, decidí ponerme manos a la obra y entrenar un poco. Quizá fui demasiado rápido porque el hombro crujió, que unido a otras averías de correr en asfalto me hizo advertir a Javier de que este invierno no iba a poder ser. Lo que no sabía es que ya no habría más inviernos.


 Dos momentos en Peña Ubiña 



   Lo habitual cuando se habla de alguien que ya no está es silenciar lo negativo y resaltar lo positivo, o incluso inventarlo. Yo tengo testigos que pueden afirmar lo que dije durante años de Javier y que ahora repito: que nunca decía una palabra más alta que otra, que nunca tenía un mal gesto, y que era una persona muy noble. Javier pasó por el mundo sin meter ruido, disfrutando de sus pasiones sin hablar de sus logros, que solo hizo para sí. He buscado en internet su nombre y solo encontré una referencia de un compañero de escaladas en un foro de montaña, muy breve, con esta foto que viene a continuación, despidiéndose de él. Toda una vida de esfuerzo, de pasión, de ilusión, de luchar contra la adversidad física que pretendía impedirle practicar sus aficiones, para el gran público es como si no hubiera existido.



   Lo curioso es que pienso que en el fondo eso es como debería ser siempre. Sus familiares y amigos y aquellos que le importaron sí saben de su vida y de sus méritos. Lo que piensen los demás, en un mundo de ego y vanidad, donde mediocres sin calidad humana reciben vanos aplausos que no les ayudan a salir de su miseria moral, no tiene ningún valor. A unos (los famosos) y a otros (los que les elevan a la categoría) nadie les recordará en unas décadas, igual que nadie recordará a Javier. Pero por lo menos él sí hizo que el mundo, o por lo menos el mundo que entraba en contacto con él, fuera un lugar un poco mejor, un poco más amable. El poder de una palabra amable aquí y de una sonrisa sincera allí es formidable; te alegra el día, te saca de un bajón anímico cuando todo a tu alrededor parece hostil. Y es gratis. El que te lo da no te pide nada a cambio. Eso es lo más valioso de todo.

   Javier era muy querido en Sobrefoz, el pueblo más próximo a donde tenía su cabaña y adonde fue siempre que pudo, en cualquier estación del año, durante catorce años. Tenía un conocimiento muy profundo de las montañas de Ponga y de su naturaleza. Su sencillez y trato sincero le hicieron ganar enseguida la confianza de los vecinos del pueblo que, al igual que todos los que le conocimos, no damos crédito a lo sucedido y nos rebelamos contra la implacable realidad. 

 Cumbre de Peña Ubiña. ¿Por qué cumbre andarás ahora, amigo?

   Javier, no sé dónde andarás ahora, pero sé que tienes que estar en alguna parte. Esto no puede quedar así. Tendremos que volver a encontrarnos, donde tú quieras, aunque no haya montañas a la vista. No me puedes dejar huérfano de tu amistad, de tu humanidad, de tu ejemplo. Ni a mí ni a ninguno de los que te hemos valorado tanto.

   Con Javier acaba para mí una etapa. Era el último amigo escalador que quedaba de mi generación. Ya no tengo con quién hablar de montañas. Ahora ya sé que ya no volveré a escalar.
 


jueves, 21 de febrero de 2019

PARQUE NATURAL DE PONGA. 20 RUTAS A PIE


   El Parque Natural de Ponga es un anticipo de los Picos de Europa, con sus grandes desfiladeros y paredes, pero sus bosques son más extensos y carece de masificación turística. Sus poblaciones son muy atractivas y sus rutas de una gran variedad, aunque abundan para montañeros con una cierta experiencia.

   Cada ruta a pie del libro incluye un detallado mapa topográfico, perfil altitudinal, descripción precisa del desarrollo del itinerario y numerosas fotografías que permiten identificar las diferentes vistas que encontraremos durante el recorrido. Para aquellos que solo deseen realizar itinerarios suaves o de corta duración, se ha incluido un listado de 11 opciones, a partir de las 20 rutas descritas, con tramos de interés que se pueden realizar cómodamente.



Incluye:
- 24 mapas topográficos a todo color
- Abundantes panorámicas para identificar cumbres
- 420 fotografías


Características del libro:
Autor: Alberto Álvarez Ruiz
P.V.P.: 17 €
I.S.B.N.: 978-84-948718-2-5
Año 2019
Dimensiones: 10 x 19 cm
288 páginas
Encuadernación: rústica con solapas
Fotografías en color


ÍNDICE DEL LIBRO:

Presentación

DATOS GENERALES
Sobre el libro
Consejos

EL NORTE DE PONGA
Mapa del Norte de Ponga
 
Ruta nº 1. Mota Cetín
Ruta nº 2. Pico el Cuniu
Ruta nº 3. Valle Moru
Ruta nº 4. Alto los Foyos
Ruta nº 5. La Huérfana
Ruta nº 6. Pico Pierzu

AL SUR DE BELEÑO
Mapa de Al Sur de Beleño

Ruta nº 7. Valle del Ponga
Ruta nº 8. Peña Suanciu o Peña la Fresneda
Ruta nº 9. Maciédome
Ruta nº 10. Colláu Zorru
Ruta nº 11. Pico el Abedular
Ruta nº 12. Pileñes
Ruta nº 13. Peña Ten

LA VERTIENTE DEL SELLA
Mapa de la Vertiente del Sella

Ruta nº 14. Bosque de Peloño
Ruta nº 15. Sen de los Mulos
Ruta nº 16. Peña Subes
Ruta nº 17. Peña Salón (desde Les Bedules)
Ruta nº 18. Senda del Cartero y Peña Salón
Ruta nº 19. La Roble o Carriá
Ruta nº 20. Jucantu

APÉNDICES
Paseos y rutas fáciles
Listados
Bibliografía y cartografía



INTERIOR DEL LIBRO:











miércoles, 5 de diciembre de 2018

EL ESCORIAL - SIERRA DE MALAGÓN. MAPA EXCURSIONISTA Y TURÍSTICO


   Este mapa abarca el extremo sur de la sierra de Guadarrama, en la confluencia de Madrid, Segovia y Ávila, más el brazo montañoso de la sierra de Malagón, que sirve de límite entre ambas provincias castellanoleonesas. Los paisajes son muy cambiantes, de las extensiones de coníferas de la sierra de Guadarrama o la Tierra de Pinares a los llanos cerealistas bordeados de encinares y salpicados de berrocales, con un gran contraste visual entre las altas cimas guadarrameñas y el próximo llano castellano.

   En la vertiente madrileña el mapa muestra lugares tan populares como La Jarosa, el valle de Cuelgamuros, el Pinar de Abantos o Las Machotas, con la vertiente más visitada de conocidas cumbres como La Peñota, Cabeza Lijar o el propio Abantos. El entorno de San Lorenzo de El Escorial es rico en elementos históricos, puentes, palacios y lagunas, siendo el Pinar de Abantos y el Bosque de la Herrería dos de los mejores pinares de toda la sierra de Guadarrama. 

   La porción de Segovia incluye los Pinares de Aguas Vertientes, frente a San Rafael y El Espinar; el valle del río Moros, con sus múltiples refugios y la extensa área recreativa de La Panera; la sierra conocida como La Mujer Muerta, con las máximas alturas del mapa, más su continuación por la pelada sierra del Quintanar; los solitarios montes-isla de Los Calocos; o el Berrocal de Zarzuela del Monte, con sus sugerentes peñascos multiformes.

   A caballo entre Ávila y Segovia se extiende el Campo Azálvaro, una enorme planicie deshabitada a gran altura con abundancia de humedales y turberas; en uno de sus extremos se eleva la sierra de Ojos Albos, con un gran encinar centenario al norte del pueblo del mismo nombre o las pinturas rupestres de Peña Mingubela. Los montes de Peguerinos son uno de los lugares fundamentales de la sierra de Guadarrama, con su red de pistas forestales idóneas para recorrer en bicicleta de montaña. Al sur de Las Navas del Marqués y Navalperal de Pinares da comienzo otro universo, la masa interminable boscosa conocida como la Tierra de Pinares (de Ávila).

   Como elemento común a las tres provincias del mapa tenemos los incontables vestigios de la Guerra Civil, en forma de fortines, trincheras, puestos de tirador, puestos de mando, polvorines, etc. Algunos de ellos están señalizados formando parte de itinerarios mientras que otros permanecen parcialmente ocultos.

   Para el visitante no montañero hay multitud de opciones para visitar en este área, como el rico conjunto arquitectónico de El Escorial, el Valle de los Caídos, innumerables áreas recreativas o merenderos, el arte románico segoviano o una de las mayores concentraciones de hornos de cal de España.

Principales referencias del mapa:

- Valle del río Moros
- Abantos, Cabeza Lijar y Cueva Valiente
- Las Machotas y Cerro de San Benito
- La Mujer Muerta y sierra del Quintanar
- Montes de Peguerinos y La Jarosa
- Sierra de Ojos Albos
- Campo Azálvaro y Dehesa de La Cepeda
- Las Navas del Marqués, San Rafael, El Espinar
- Los Calocos y Berrocal de Zarzuela del Monte

Características del mapa:

Autor: Alberto Álvarez Ruiz
P.V.P.: 9 €
I.S.B.N.: 978-84-948718-1-8
Año 2018
Dimensiones: 99 x 67,2 cm. (abierto) y 11 x 22,4 cm (plegado)
Escala: 1:50.000
Equidistancia curvas de nivel: 20 metros
Equidistancia curvas maestras: 100 metros
Cuadrícula UTM cada 1000 metros
Coordenadas Geográficas cada 5´
Carreteras
Pistas forestales, caminos, senderos y recorridos señalizados con hitos
Senderos de Pequeño Recorrido (PR) y de Gran Recorrido (GR)
Aparcamientos, refugios, merenderos y fuentes
Hoteles, alojamientos rurales, albergues y cámpings
Centros de interpretación y museos


Para aquellos que utilicen navegador GPS, el mapa es georreferenciable, ya que muestra las coordenadas UTM y Geográficas en los bordes del mapa.





LISTADO DE PUEBLOS DEL MAPA:


Provincia de Ávila
  • Aldeavieja
  • Blascoeles
  • El Herradón
  • Hoyo de la Guija
  • La Cañada
  • Las Navas del Marqués
  • Maello
  • Mediana de Voltoya
  • Navalperal de Pinares
  • Ojos Albos
  • Peguerinos
  • San Bartolomé de Pinares
  • Urraca-Miguel
Provincia de Segovia
  • El Espinar
  • Ituero y Lama
  • La Estación de El Espinar
  • Los Ángeles de San Rafael
  • Navas de San Antonio
  • Prados
  • San Rafael
  • Vegas de Matute
  • Villacastín
  • Zarzuela del Monte
Comunidad de Madrid
  • Cercedilla
  • El Escorial
  • El Pimpollar
  • Guadarrama
  • La Cereda
  • La Estación (de Santa María de la Alameda)
  • La Hoya
  • La Paradilla
  • Las Herreras
  • Los Molinos
  • Navalespino
  • Peralejo
  • Robledo de Chavela
  • Robledondo
  • San Lorenzo de El Escorial
  • Santa María de la Alameda
  • Zarzalejo

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nada menos que mapas (I)


 
  No recuerdo haber coleccionado nunca nada. En general, no me interesan los objetos, los artefactos o las máquinas, ya sean coches, motos, ropa, ordenadores, móviles, aparatos de audio, sellos, monedas... Dime cualquier otro que se te ocurra y también está en mi lista. Ni siquiera el material de escalada, que era lo que me unía a la vida en los momentos delicados. Cuando necesitaba algún elemento tiraba de colega para el asesoramiento, o directamente le reclutaba para que me acompañara a la tienda de montaña, ya que de lo contrario podría ocurrir alguna pequeña catástrofe en lo económico. Como aquella vez que me vine arriba y me planté en solitario en el establecimiento, pedí un pantalón de peto para la escalada invernal y me colocaron uno que no era apto más que para los días más fríos del invierno en los Alpes. Si no se alcanzaban los 15º bajo cero los sudores eran equiparables a los de un condenado a galeras. Luego tocaba ir con las cremalleras laterales completamente abiertas, mostrando muslamen -que diría el difunto Forges-.

 El primer mapa que enmarqué. Publicado por National Geographic con la colaboración del Instituto Geográfico Suizo (Office Fédéral de Topographie). Pinchar para ampliar y disfrutar

   Puedo disfrutar contemplando un coche antiguo, una buena bicicleta, artesanía, una obra de arte, pero no lo suficiente como para querer adquirirlo. Soy más abstracto que concreto, y valoro más un paisaje, una emoción, la compañía de un buen amigo. Los objetos los aparco y ahí se quedan, inmóviles, inmutables, sin alma.

   Pero en un elenco tan vasto como el mundo de las formas creadas por la mano humana siempre quedan resquicios para las excepciones. Y aún así, no se me ocurren más que dos: los libros y los mapas. No me deteriores un libro, no escribas en él o subrayes; si te lo presto, devuélvemelo; no lo desguaces recién comprado, como si fuera una revista de la peluquería; llévalo a cubierto cuando llueve; porque se me hiela la sangre, o ebulle, no sé muy bien qué, y es como si lo que le haces al libro me lo estuvieras haciendo en carne.

Pues con los mapas soy aún peor, si cabe.

Preparando futuros proyectos. Ya hace veinte años que no piso el Himalaya

   Si hay que perder el tiempo haciendo algo que no sea rentable, no reporte beneficio ni tan siquiera de adquisición de conocimientos, vamos, el equivalente para algunos de torrarse vuelta y vuelta en su medio metro cuadrado de playa en Benidorm, para mí sería abrir un mapa y contemplarlo, no con la boca abierta y a punto de babear, pero casi. A pesar de ello, ya apenas lo hago, porque sencillamente no dispongo de tiempo. Pero lo hice, y muchas veces. No llegaba todavía ni a adolescente, cuando cogía al azar cualquier mapa de los cuatro grandes cajones llenos de ellos que tenía mi padre -y que aún tiene exactamente igual-, lo extendía en la mesa y se me pasaban los minutos sin fijar la vista en nada concreto, simplemente dejándola vagar a su antojo, sin rumbo. Podía ser un mapa de cordales de Javier Malo -los únicos mapas decentes que había para caminar por determinadas sierras-, un mapa de Alpina con cubierta de cartulina naranja del Pirineo, otro de carreteras Michelín de Argelia, de cuando atravesó el país mi padre en coche en el año 78, o el del Trentino, uno de mis favoritos, de cuando pasamos por allí en el verano del 82.

    



Algunos de los tesoros que guarda mi padre en los mismos cuatro cajones de siempre


    Con catorce o quince años, de algunos mapas también de Michelin de una zona de los Alpes franceses extraía la información para crear etapas ciclistas descomunales, con nueve puertos y 300 kilómetros de recorrido, que ni en la época de Coppi y Bartali, vamos. Folios y folios con detalles de cada etapa y los correspondientes perfiles, pavorosos, pero que como yo no tenía que recorrerlos me parecían hasta para blandengues. Es que aquellos mapas Michelín amarillos de escala 1:200.000 eran muy útiles para facilitar la creación de perfiles, con infinidad de cotas de altitud de poblaciones grandes y pequeñas y puntos intermedios y, por supuesto, de muchísimos puertos por los que todavía ni siquiera había pasado el Tour de Francia.

Los mapas que quizá más he remirado en mi vida

Una muestra de uno de ellos. Todas las poblaciones indicaban la altura, lo que les hacía ideales para crear perfiles altimétricos. Los mapas Michelín de ahora me resultan menos atractivos estéticamente que aquella generación de mapas de los años ochenta.
 

   En nuestro apartamento de Guadarrama, desde los cuatro años de edad, lo primero que contemplaba según entraba o salía por la puerta de casa era el mapa especial del IGN de Guadarrama-El Escorial enmarcado, del que pronto me aprendí todos los topónimos. Mi amigo Pedro, cuando nos subíamos a alguna piedra caballera de los alrededores, me preguntaba los nombres de todos los hitos del horizonte, que empezaba por las Machotas y el Abantos al sur, continuando por el Cerro de la Carrasqueta, el de la Salamanca, Cabeza Lijar, el todavía puerto de los Leones, Cerro de Matalafuente, la Peñota -protagonista de primer orden- Peña del Águila, Montón de Trigo, puerto de la Fuenfría, Siete Picos, puerto de Navacerrada, la Bola del Mundo, la Maliciosa y la sierra de los Porrones, más otras montañas en peldaños intermedios cuyos nombres también sabía. Todos los veranos, en varias ocasiones, Pedro me volvía a pedir que le recitara el arco panorámico, año tras año, pero tengo la vaga impresión de que no debe de haber retenido ninguno de aquellos nombres, si se los preguntara ahora, cuarenta años después.

Mis primeros mapas pirenaicos

   Por fin llegó el día en que yo iba a usar alguno de esos mapas sobre el terreno. Como cuando el teniente Pujol me mandó de madrugada a buscar la Fuente de los Pastores, con una mísera linterna, recorriendo la sierra a media ladera, campo a través, orientándome con un pésimo mapa 1:25.000 en el que no cuadraba nada con la realidad. Recuerdo el viaje que hice con mi padre a Sierra Nevada en el invierno del 89-90, en que fui cargado de mapas, de distintas escalas, hasta de 1:800.000 !!! Para mí los mapas eran sagrados y lo que aparecía en ellos era ley. Si no figuraba, no estaba mal el mapa, el que estaba mal era yo. Aunque hubiera casi puesto el brazo entero en el fuego para asegurar que el camino por el que iba no estaba dibujado en el mapa, aquel supuesto era tan ilógicamente imposible que, sin entender absolutamente nada, llegaba siempre a la sabia conclusión de que yo no tenía la más remota idea de orientarme. Evidentemente, no sabía aún lo suficiente de las carencias que los mapas oficiales tienen.

 La versión que usó mi padre en los años sesenta

Mi versión, de 1987, y la suya, de 1973

   A principios de los años 90 me obsesioné con el Tíbet. Intenté ir en tres ocasiones, pero por diferentes razones no hubo manera. Ya tenía toda la cartografía que pude encontrar y todo el territorio en escala 1:500.000, unas hojas gigantescas, las TPC del ejército estadounidense, que había que desplegar en el suelo, porque no había mesa lo suficientemente grande para poder abrirlas.




 Hoja TPC del Tíbet. Para hacerse una idea de las dimensiones de esta sábana, un libro del Bierzo

 Fragmento de la hoja anterior, con parte del cañon del Yarlung Tsampo (el Brahmaputra, para los tibetanos), el desfiladero más profundo del mundo, que deja a un lado dos picos de siete mil metros, el Namche Barwa y el Gyala Peri. Pinchar para ampliar

   Los mapas suizos, editados por la Office Fédéral de Topographie, los mapas más hermosos que jamás he visto, pude disfrutarlos sobre el terreno, en el cantón del Valais. Los del Instituto Geográfico Nacional francés, de similar calidad que los mapas suizos, me acompañaron al macizo del Mont Blanc por primera vez en el año 91. Plantarse con un mapa de aquellos, obras de arte de la cartografía, a interpretar el horizonte, no se podía comparar con ninguna otra actividad.

   Tengo más mapas de los que debería, y numerosos rollos esperando un hueco en alguna pared desde hace años. Una de dos: o dejo de comprarlos, o me compro una especie de monasterio del Escorial para ir colgándolos. Pero no los colecciono. Simplemente, si me gustan, los compro. Y aún así, no compro ni la centésima parte de los que quisiera.





lunes, 25 de junio de 2018

PARQUE NATURAL DE REDES. 25 RUTAS A PIE


El Parque Natural de Redes, de rápido y cómodo acceso rodado desde el centro de Asturias, ofrece un amplísimo repertorio de itinerarios a pie, desde cortos paseos de escaso desnivel a rutas muy largas en los confines de este espacio natural, a través de inmensos bosques y rodeados de hermosas y esbeltas montañas.

Cada ruta a pie del libro incluye un detallado mapa topográfico, perfil altitudinal, descripción precisa del desarrollo del itinerario y numerosas fotografías que permiten identificar las diferentes vistas que encontraremos durante el recorrido. Para aquellos que solo deseen realizar itinerarios suaves o de corta duración, se ha incluido un listado de 16 opciones, a partir de las 25 rutas descritas, con tramos de interés que se pueden realizar cómodamente.

Incluye:
- Ruta del Alba, Desfiladero de los Arrudos, Brañagallones
- 28 mapas topográficos a todo color
- Abundantes panorámicas para identificar cumbres
- 550 fotografías

Características del libro:
Autor: Alberto Álvarez Ruiz
P.V.P.: 17 €
I.S.B.N.: 978-84-948718-0-1
Año 2018
Dimensiones: 10 x 19 cm
288 páginas
Encuadernación: rústica con solapas
Fotografías en color





ÍNDICE DEL LIBRO:

Presentación

DATOS GENERALES
Sobre el libro
Redes

SOBRESCOBIO
Mapa de Sobrescobio
 
Ruta nº 1. Peña la Xamoca
Ruta nº 2. La Gamonal
Ruta nº 3. Barranco de Anzó y La Muezca
Ruta nº 4. Castañeru Montés
Ruta nº 5. Torreón de Villamorey
Ruta nº 6. Sierra del Crespón
Ruta nº 7. Peña Cullargayos
Ruta nº 8. Ruta del Alba

CASO
Mapa de Caso

Ruta nº 9. Pico Facéu
Ruta nº 10. Sierra de la Trapa
Ruta nº 11. Peña la Ordaliega
Ruta nº 12. Foz del Infierno y Foz de Moñacos
Ruta nº 13. Peña Crespa o Los Tornos
Ruta nº 14. Requexón o Porrón de Valdunes
Ruta nº 15. Tiatordos
Ruta nº 16. Maciédome
Ruta nº 17. Piqueru
Ruta nº 18. Peña Riegos
Ruta nº 19. Retriñón
Ruta nº 20. Desfiladero de los Arrudos
Ruta nº 21. Foz de Cebatón, Peña Blanca y Peña el Casar
Ruta nº 22. Visu la Grande
Ruta nº 23. Lago Ubales
Ruta nº 24. Brañagallones y Cantu l´Osu
Ruta nº 25. Tabayón de Mongayu

APÉNDICES
Paseos y rutas fáciles
Listados
Bibliografía y cartografía


INTERIOR DEL LIBRO