domingo, 17 de noviembre de 2013

Librerías: Hay-on-Wye


  Una de las fragancias que más me sulibellan -que dirían Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina- es la del libro impreso, bien al entrar en una librería de viejo -donde más se percibe- o al abrir una caja recién llegada de la imprenta. Al haber de éstas por todas las esquinas de mi casa y de la de mis padres, siempre que estoy en el hogar se respiran libros en la atmósfera. Los primeros recuerdos de esos para mí sacrosantos efluvios son de cuando visitaba desde muy pequeño la librería de mis abuelos, con sus largos y estrechos pasillos de trastienda atiborrados hasta el techo de género literario.



  Mi querencia por los libros físicos se torna a veces en manía y en excentricidad, lo reconozco, pero de ese mal no tengo la más mínima intención de sanar. Probablemente sea anormal cuidar más un libro que un coche, o que la ropa nueva, o que el propio aspecto personal. Tampoco sé si el punto de partida de esta obsesión por tratar un libro como si fuera el más valioso de los diamantes fue aquel día en que mi padre me echó la gran bronca por haber escrito una frase a bolígrafo en una fotografía de un libro de texto allá por 3º ó 4º de EGB. Sea como fuere, el rapapolvo seguramente fue el más efectivo de mi historia infantil, porque no he vuelto a escribir en ninguno, ni siquiera a lápiz para subrayar frases que debería resaltar para recordar. Y el desequilibrio mental resultante lo puedo comprobar en el hecho de que después de ver sufrir a un niño, a un anciano, o a un animal, o ver como arde un bosque, seguramente lo que más me duele contemplar es un libro siendo tratado de mala manera.



   Soy un defensor a ultranza de la librería, del librero y del libro impreso, y disfruto de la compañía de los libreros que viven su negocio, que leen sus libros, los miman, los recomiendan con conocimiento, pero que ven que en un país donde tradicionalmente apenas se lee, cada año se lee menos... por lo menos en papel. Ya en su día hice un pequeño homenaje a Néstor Baz, el librero por excelencia de lo que su amigo Julio llama el Noroeste Leonés. Tengo algunos textos más en proyecto para este blog de otros profesionales del último eslabón de la cadena de transmisión del libro, donde pasa a su destinatario final, el lector, de la mano del que emplea ocho horas diarias malviviendo de ellos. Pero antes de eso quería compartir con los cuatro que puedan estar interesados en ello uno de los lugares más maravillosos e inolvidables que un amante de los libros pueda jamás visitar; un pueblo que, además de precioso y de estar rodeado de un paisaje de hermosura equivalente, es nada menos que... la capital mundial del libro de segunda mano, con más de veinte librerías para menos de dos mil habitantes. ¡Ahí es nada, tú!







   Si no fuera porque nunca me queda un euro tras lo que gasto en libros, estaría todos los años una pequeña temporada no sólo en Hay-on-Wye, sino en general en Gales y las apacibles comarcas limítrofes inglesas. Además, a muy poca distancia se levantan las modestas aunque hermosas y lampiñas montañas del parque nacional de Brecon Beacons, que no llega a los 1.000 metros de altitud en sus cotas más altas, pero cuyo cutis semeja el de montañas de más de dos mil de nuestra cordillera Cantábrica. A pesar de la apología que hago aquí de esta villa del libro, sólo he podido visitarla en dos ocasiones, con doce años de separación. En la última, por no llevar coche propio y tener que calcular el problema de sobrepeso en facturación de equipaje en el aeropuerto, sólo pude hacerme con 29 libros. La anterior, con todo el maletero de mi coche para llenar, ni recuerdo lo que entró allí...

Fotos:
1. Hay-on-Wye. Bed & Breakfast y librería al mismo tiempo. Desayunas arriba y bajando las escaleras ya puedes empezar a devorar estanterías.
2. ¡Ni Ambi-Pur ni leches! Un par de cajas de libros abiertas ambientan una casa que es un primor.
3. Libros, libros, libros y más libros. Mira que hay gente rara por el mundo...
4. La arquitectura y semblanza de Hay-on-Wye es la misma que la de los Cotswolds y demás encantadoras localidades de esta porción de Gran Bretaña.
5. Ojo al parche: en esta librería -Hay Castle Bookshop, la primera en abrir en el lugar- hay una sección al aire libre de libros a 1 y 2 libras. Si es grande, son dos libras y una libra si es pequeño. Hay un lugar donde introduces el dinero, según lo que hayas escogido. Nadie te controla, porque se supone que eres lo suficientemente honrado como para pagar por lo que te llevas. Imaginaos un negocio así en España...
6. Si quieres pasear por la suave y encantadora campiña circundante, sales ya del pueblo con las botas puestas.
7. Si quieres naturaleza más impactante, con el coche te sumerges de inmediato en los Brecon Beacons
8. Y si deseas el descanso definitivo, ¿se puede pedir lugar más hermoso para abrazar la tierra?


  

viernes, 15 de noviembre de 2013

Entrevista en La Nueva España al autor de "Las aventuras de Manulo Menal"

Un paisano de Larna en Texas

Carlos Rodríguez, que trabaja en Houston, publica un libro en el que describe las andanzas del clásico habitante de las aldeas de Cangas del Narcea

15.11.2013 | 04:03

Carlos Rodríguez Duque, sentado sobre una representación del mapa del Estado de Texas.


  Hay un tipo de habitante en la zona rural de Cangas del Narcea que puede describirse como deslenguado, socarrón, descreído y un poco ácrata. Es lo que llamaríamos un "paisano de Cangas", y es fácil de localizar con sólo darse una vuelta por el suroccidente de Asturias.

  Tomando como base esa tipología, Carlos Rodríguez, profesor de lengua española en Houston (Texas, Estados Unidos), ha creado su personaje Manuel Fernández Pasarón "Manulo Menal". Nativo de la aldea de Larna (Cangas del Narcea), protagoniza su primera novela, "Las aventuras de Manulo Menal: el paisano más mundial, irreverente y agarrao del suroccidente asturiano". Manulo es solterón, está a punto de complir los sesenta años y es un practicante, a conciencia, de los siete pecados capitales.

   Para acabar de rematar el espíritu cangués del libro, Ernesto García del Castillo "Neto", dibujante de LA NUEVA ESPAÑA, ilustra el trabajo con 25 estampas.
"Siempre me llamó la atención el sentido del humor de la gente con la que tenía contacto en Cangas del Narcea. Daba igual de qué pueblo fuesen o que te conocieran o no; podías hablar con alguien en un bar sin haberlo visto en tu vida y te contaba una peripecia con un humor más o menos fino y siempre con un aire ejemplificante que la hacía aún más graciosa", explica el autor.

   Y es que Carlos Rodríguez pasó sus veranos de infancia en Larna, y eso forjó su personalidad: "Pasé todas las vacaciones estivales y todas las Semanas Santas de mi vida en Larna, excepto un verano que lo pasé en el pueblo de mi madre, Navas del Madroño, en Cáceres. Si te soy sincero, mi infancia allí fue algo monótona. Sin embargo, la adolescenia marcó mi vida para siempre. Larna era una continua juerga, si no ibas a las fiestas de los pueblos ibas a Cangas del Narcea los sábados por la noche a descubrir qué pasaba ahí fuera, y entre semana la chavalada de Larna nos juntábamos a bailar, a escuchar y a hablar de música, a contar chistes o a hacer planes que nunca salían bien".

   Rodríguez quedó marcado, también, porque en Larna, a pesar de lo pequeño de la aldea, había un insigne periodista y escritor, José Luis Rodríguez Mera, pregonero de las fiestas del Carmen este mismo año, sin duda uno de los más representativos "paisanos de Cangas", aunque naciese en Extremadura. "El tener en Cangas a una persona que escribía en prensa local y nacional, que salía en la radio y que te encontrabas en Larna todos los años influyó en que mi querencia por la escritura acabase por florecer".

   Rodríguez Duque estudió Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid y en el año 2005, harto de la rutina que presidía su vida, decidió irse a Estados Unidos a través de un programa de "profesores visitantes". Acabó en Houston, donde vive desde entonces. "Te sorprendería saber la cantidad de "manuladas" que me han acaecido aquí estos años... Profesionalmente he crecido, personalmente he madurado, me encanta esto y estoy viviendo como soñaba vivir cuando tenía veinte años, y encima en Texas... Sé que hay mucha controversia en España porque la gente tiene que marcharse del país, es duro dejar atrás a la familia y a los amigos, muy duro a veces, pero yo lo volvería a hacer sin dudarlo y se lo recomiendo a todos", asegura.

   La primera edición de la novela, editada por Calecha Ediciones, es de 750 ejemplares que se van a repartir por gran parte de la geografía asturiana, el norte de León y una librería en Madrid. "Tengo la sensación de que el boca a boca va a funcionar muy bien y quizá los pedidos por internet hagan llegar la palabra de Manulo a lugares más recónditos. Una ex alumna mía es profesora de universidad en Pekín y quiere un ejemplar, aquí en Houston también me han pedido varios... nunca se sabe, la palabra de Manulo quizá acabe haciéndose universal", apunta Rodríguez Duque, tan socarrón como su personaje.

   Y es que si algo tienen las andanzas de Manulo Menal es que, partiendo de lo más local y particular, atañen a sentimientos universales, algo que es común a las novelas clásicas de la picaresca española, tal y como reconoce el propio autor a la hora de definir su obra: "Todo lo que le pasa a Manuel le podría ocurrir a cualquier persona un día de esos aciagos en los que las cosas se tuercen. Hay una influencia innegable en el devenir del personaje que es la de la novela picaresca, un género genuinamente ibérico del que soy seguidor acérrimo y que acaba manando en algunos capítulos del libro", explica.

   Los responsables de Calecha Ediciones ya están trabajando para organizar actos de presentación de la novela, pero, mientras tanto, en Cangas del Narcea ya se está convirtiendo en célebre la figura de Manulo Menal, un "paisano de Cangas".

www.lne.es/occidente/2013/11/15/un-paisano-larna-texas/1499762.html



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Las aventuras de Manulo Menal. El libro


  Manulo Menal ya va camino de las librerías. No sólo las divertidas peripecias de su vida en Cangas del Narcea y allende los Cárpatos quedan plasmadas en el papel de la mano de la genial creatividad de Carlos Rodríguez Duque, sino que este personaje cobra imagen gracias a las veinticinco ilustraciones -una por capítulo, más la portada- del dibujante cangués Ernesto García del Castillo, conocido como Neto por todo asturiano y habitante de tierras aledañas.
   Es realmente sorprendente la capacidad de Carlos Rodríguez Duque para ambientar la vida de Manulo a partir de anécdotas reales acontecidas a otros personajes de carne y hueso, combinarlas a la perfección con otras fabricadas por él, e insertar en el sujeto una psicología tan creíble que a todos los que hemos leído el texto nos surgen espontáneamente varios conocidos que encajan como un guante en el perfil de este individuo. Porque, como mínimo, en cada aldea de Cangas hay un Manulo Menal, como también existen a docenas en localidades más pobladas, como las de Laciana, y por supuesto, en los pueblos de Somiedo, Allande, Belmonte, Degaña, Babia, Palacios del Sil, o incluso en Ibias y otros concejos del occidente asturiano, aunque el vocabulario y el lenguaje allí difieran parcialmente.
   El libro rebosa de frases geniales y memorables, que los que hemos leído tendemos luego a repetir durante la vida diaria, al igual que haríamos con las de célebres humoristas o grandes personajes de la historia del cine. El autor tiene el don de saber poner la frase exacta en la boca de sus personajes, y eso, como los buenos guiones, da un enorme poder a las escenas relatadas.
   Manulo Menal es un hombre sin maldad, pero con una astucia pícara, resultado de una vida dura y áspera, donde nada le fue regalado. Tiene sus defectillos -los que tienen casi todos- pero a diferencia de la mayoría, él no se avergüenza de ellos. A pesar de que cada capítulo es casi una tragedia de baja intensidad, no hay desgracia capaz de derrotarle. Manulo no sólo es un Rompetechos* visual, sino que también lo es auditivo, y estos malentendidos, para dolor suyo y deleite del lector, le embarcan en unos líos de los que luego no hay salida posible, más que por la puerta de atrás y con el rabo entre las patas.
   Según los capítulos avanzan, Manulo se va ganando rápidamente nuestro cariño y simpatía, pero lo más importante, Manulo deja de ser un personaje de ficción y las hojas de papel del libro se van metamorfoseando en la piel de un ser real, como tú y como yo. Yo sé que Manulo ahora está por ahí, en alguna parte de nuestro mundo físico, puede que en Larna, puede que en la villa de Cangas, siendo engañado como un niño por alguien que realmente sí alberga maldad; puede que en Santa Catalina, echando un vino con alguna nueva amiga; puede que hasta en Estados Unidos, recorriendo la Ruta 66 con su sobrino y mirando con los ojos bien abiertos a los habitantes del medio oeste mientras echan un güisqui -sin química- y mientras se barrunta el siguiente lío; o puede que incluso en sitios que nosotros ahora no podamos imaginar... porque Manulo, querido Carlos, Manulo ya es real. Y es tu culpa, y ahora has de aliviarnos de esta maldición de la que no podemos escapar, escribiendo nuevas aventuras para saciar nuestra sed de Manulo, tan reales como todas las anteriores, tan entrañables y tan del día a día como las que cualquiera de su generación pueda haber vivido.
   Carlos, has creado un monstruo. Pero es un monstruo encantador e inolvidable.



*Para los que no disfrutaron de las historietas de Rompetechos creadas por Francisco Ibáñez en los años 60 y 70, la vida de este personaje consistía en salir de un problema y meterse en el siguiente, por culpa de su mala visión, que siempre le hacía ver y leer lo que no era.