martes, 12 de noviembre de 2019

GUADALAJARA. 45 RUTAS A PIE


   Guadalajara es la provincia con más desfiladeros de España y la que contiene las montañas más elevadas de Castilla-La Mancha y sus únicos hayedos. Entre sus hoces y montañas se levantan castillos y abundante arquitectura medieval, que siempre encontraremos de viaje hacia cualquiera de sus rutas a pie, conformando globalmente un inventario natural y arquitectónico riquísimo.

   Cada ruta a pie del libro incluye un detallado mapa topográfico, perfil altitudinal, descripción precisa del desarrollo del itinerario y numerosas fotografías que permiten identificar las diferentes vistas que encontraremos durante el recorrido. Para aquellos que solo deseen realizar itinerarios suaves o de corta duración, se ha incluido un listado de 32 opciones, a partir de las 45 rutas descritas, con tramos de interés que se pueden realizar cómodamente.

Incluye:
- Alto Tajo, Sierra de Ayllón y Ocejón, Sierra del Alto Rey
- 49 mapas topográficos a todo color
- Abundantes panorámicas para identificar cumbres
- 815 fotografías


Características del libro:

Autor: Alberto Álvarez Ruiz
I.S.B.N.: 978-84-948718-4-9 P.V.P.: 21 € Año 2019
Dimensiones: 10 x 19 cm
424 páginas
Encuadernación: rústica con solapas 

Fotografías en color


COMPRAR
http://www.calecha.com/277651/286419.html








ÍNDICE DEL LIBRO:


Presentación

DATOS GENERALES
Sobre el libro
Consejos


LA SERRANÍA   
Mapa de la Serranía    
 
Ruta nº 1. Cebollera Vieja
Ruta nº 2. El Cerrón o Morra de Costiniesta
Ruta nº 3. El Picaño y Pico de Calahorra
Ruta nº 4. Pico del Lobo (desde pto. de la Quesera)
Ruta nº 5. Pico del Lobo (desde collado de Peñalba)
Ruta nº 6. La Buitrera
Ruta nº 7. Hayedo de Tejera Negra
Ruta nº 8. Cuerda de Mal Calzado
Ruta nº 9. Cascada del Cañamar
Ruta nº 10. Peña del Ventiadero
Ruta nº 11. El Campachuelo
Ruta nº 12. Cascada del Aljibe
Ruta nº 13. La Tornera
Ruta nº 14. Peña Centenera
Ruta nº 15. Chorro de Valdesotos
Ruta nº 16. Hoces del Jarama
Ruta nº 17. Ocejón (desde Campillejo)
Ruta nº 18. Ocejón (desde Majaelrayo)
Ruta nº 19. Chorreras de Despeñalagua y Ocejón
Ruta nº 20. Cerro de los Mojones
Ruta nº 21. Sierra del Alto Rey
Ruta nº 22. Barranco de Santamera
Ruta nº 23. Barranco de Viana
Ruta nº 24. Barranco del río Dulce
Ruta nº 25. Valle de los Milagros


LA ALCARRIA   
Mapa de la Alcarria

Ruta nº 26. Hoces del Tajuña
Ruta nº 27. Tetas de Viana
Ruta nº 28. Embalse de Entrepeñas
Ruta nº 29. Hundido de Armallones
Ruta nº 30. Peña del Castillo
Ruta nº 31. Ramblas de Arbeteta


EL SEÑORÍO DE MOLINA
Mapa del Señorío de Molina

Ruta nº 32. Puente de Tagüenza
Ruta nº 33. Chozones y rambla de Ablanque
Ruta nº 34. Puente de San Pedro
Ruta nº 35. Barranco del Arandilla
Ruta nº 36. Barranco de la Hoz
Ruta nº 37. Hoz del Cabrillas y Puente de Peñalén
Ruta nº 38. Salto de Poveda y laguna de Taravilla
Ruta nº 39. Del puente de Martinete a la laguna de Taravilla
Ruta nº 40. Barranco del Horcajo
Ruta nº 41. La Hoz Seca
Ruta nº 42. Estrecho de Carangosto
Ruta nº 43. Sierra de Caldereros y castillo de Zafra
Ruta nº 44. Hoz del río Mesa
Ruta nº 45. Hoz del río Piedra


APÉNDICES
Paseos y rutas fáciles
Listados
Bibliografía y cartografía




INTERIOR DEL LIBRO:

















viernes, 2 de agosto de 2019

La chica del bidón de 70 kg



   ¿Cuál puede ser la esperanza de vida o, por lo menos, la esperanza de vida de una columna vertebral cuando tienes que cargar de cuando en cuando con 70 kg a la espalda durante varios kilómetros? Imagino que muy poca, porque conozco gente que incluso siendo muy corpulenta y musculosa tiene la espalda machacada, con varias hernias. Aquí, por lo menos, pegamos una patada y salen cuatro fisioterapeutas, que nos pueden ir parcheando, nos enseñan ejercicios de rehabilitación y fortalecimiento, y en caso extremo, siempre está el empastillamiento de serie de la S.S. para ir paliando.

Información sobre el contenido del bidón que no voy a repetir aquí, porque está suficientemente claro

   A esta chica de la foto nos la encontramos en la subida a Nyak Phedi, a 1.600 metros de altura, ya en el espacio de ámbito tibetano del circuito del Manaslu. En los años 50, cuando el ejército chino invadió el Tíbet, muchos tibetanos huyeron a través de la frontera india o nepalí. Los últimos cien kilómetros de la cabecera del valle de Budhi Gandaki y el tributario valle de Tsum estaban despoblados hasta entonces, con solo algunos gompas (monasterios), de incluso 500 años de antigüedad, pero sin ninguna aldea permanente. Los exiliados se instalaron, reprodujeron su arquitectura y modos de vida y se puede decir que estos dos valles son ahora incluso más tibetanos que el propio Tíbet, donde el gobierno chino hace lo que puede por diluir la cultura local. Para mí, que intenté ir en tres ocasiones al Tíbet en los años 90 (solo se podía ir en grupo las dos primeras y no hubo gente bastante, y la tercera se cerró la frontera por disturbios internos) verme entre esta gente fue el sueño de media vida. Había estado en Ladakh y Sikkim, pero aunque muy similar a la cultura tibetana, no era exactamente lo mismo. Aquí lo único que difería era el paisaje, mucho más verde y arbolado que la meseta tibetana, que está siempre por encima de los 3.500 metros de altitud.

 Foto de María del Roxo

Un poco de aseo. Vistiendo el bonito traje típico tibetano


¿En qué estará pensando? ¿Tendrán sus preocupaciones remotamente algo que ver con las estupideces que aquí consideramos problemas de primer orden?
(Foto de María del Roxo)

   No sé cuántos kilómetros cargó esta muchacha con el bidón, pero unos cuantos y por terreno nada fácil en algunos puntos (lo que aquí advertiríamos como punto de paso muy peligroso). Tardamos en alcanzarla, a pesar de la diferencia de pesos de unos y la otra. La imaginaba mayor, pero seguro que tenía poco más de veinte años. Paró en el mismo sitio que nosotros, con toda la discrección y modestia del mundo, como si subir una cuesta de cien metros de desnivel del tirón con 70 kg fuera una nadería. Nuestro guía, Deepak, le preguntó el peso, y viéndolo al moverse, el bulto tenía toda la pinta de pesar exactamente eso.

 Por lugares así pasó la chica con su bidón a la espalda y en chanclas

jueves, 20 de junio de 2019

John, el Imperturbable


 John Yarington, exciclista, alpinista, atleta y hombre piadoso. Foto de María del Roxo

   Dudaba si usar como titular de la entrada el que he utilizado o el de John el Largo (como el pirata de pata de palo), por sus 6 pies y 2 pulgadas de altura (1´90 m de los nuestros).

   John nació por error en el más lacustre de los estados de Norteamérica, el de Michigan, pero ya se encargó él de subsanar esta equivocación del destino, asentándose con el tiempo en el territorio que le corresponde, el que se ajusta a su idiosincrasia, un estado tan montañoso como su propio nombre indica: Montana, en el corazón de las Montañas Rocosas.



Hombre de gran experiencia en todas las facetas de la montaña

   De joven estuvo John seis años en la élite del ciclismo de su país. Eran los años en que surgió el equipo 7 Eleven, pionero del ciclismo estadounidense en el calendario internacional. Resultaba exótico para los que seguíamos el deporte aquellos años, aunque quizá no tanto como las anteriores apariciones de los dos equipos colombianos, el Café de Colombia y el Manzana Postobón, en un mundo copado por escuadras europeas. De aquel equipo no podemos olvidar al rubio Andy Hampsten, que se llevó un Giro épico con una nevada brutal en el Gavia; al canadiense vueltómano Steve Bauer, o al velocista Davis Phinney, al que conoce bien John.

 Como corredor de ultra trails

   John pasó del ciclismo al alpinismo, el esquí de montaña y a correr por la montaña. Durante muchos años le encargaban probar diferentes modelos de GPS en sus entrenamientos. Su apodo era nada menos que ADN Man, un conciso resumen de su extraordinaria capacidad física. De esta última puedo dar buena fe. Nos encontramos un día, nuestro cuarto del circuito del Manaslu, tras una larga etapa de 30 kilómetros. Pero John y su mujer, Deborah, que venían del valle lateral de Tsum, habían hecho ese día nada menos que 50 kilómetros !!!! No era lo previsto, pero un malentendido con su guía les hizo pasar de largo el fin de etapa programado, que aún así estaba diez kilómetros antes.



Esquiando en verano en las Montañas Rocosas

   Coincidimos durante siete jornadas. De los más de veinte extranjeros que hicimos más o menos juntos cinco de esas etapas, John era indudablemente el más fuerte, a pesar de sus 54 años. Todos sus días de caminata incluían desvíos obligatorios para visitar gompas (monasterios tibetanos), una de las pasiones de John y Deborah. Ambos venían de Bután, donde John estuvo trabajando tres meses como carpintero y Deborah dos dando clases a los niños. La prueba que demuestra el estereotipo sumamente erróneo que he oído con frecuencia de que un deportista de alto nivel no puede ser una persona espiritual es el propio John. Más que su excepcional forma física el primer recuerdo que me viene a la mente sobre él es su carácter: apacible, inmutable, siempre sonriente, siempre en paz. Todo eso no es el resultado de su larguísima vida atlética, aunque los deportes de fondo y/o individuales tienden a encajar sobre todo con personas más bien contemplativas y calmadas; procede de su espiritualidad, cuyos frutos recogimos los que tuvimos la suerte de compartir ruta con él.

 Pura fibra de Montana. Si los metes a él o a Deborah en una licuadora no sacarías una sola gota de grasa

   John y Deborah son muy viajeros, pero no son viajeros coleccionistas de meras experiencias o estímulos. El propio John reconoce que se cansa pronto de acumular lugares y necesita asentarse, trabajar, vivir el lugar desde dentro, como parte de él. El culmen de toda su vida, según él, llegó en Bután, donde antes de ir a trabajar salía a correr una hora diaria hasta algún gompa cercano, lugar de recogimiento tras el sano esfuerzo.


Hacia Samagaon, en el circuito del Manaslu

  Entre sus inusuales viajes figuran ir a hacer esquí de montaña hasta el Cáucaso, Uzbekistán, Kirguistán o las montañas de Grecia, Bulgaria y Rumanía, nada cercanas a su tierra de origen. Esta era su tercera visita a Nepal, habiendo hecho en una de ellas el exigente y difícil trekking de los Tres Pasos de Khumbu, tres collados de más de 5.000 metros, uno de ellos no apto para gente inexperta. Nada fuera de lo normal para John y Deborah, que ya habían ascendido varios seismiles en los Andes.

Deborah, que tampoco es de Montana, sino de Texas, en una más de tantísimas montañas recorridas


   Hubo un momento que me conmovió durante las jornadas que vivimos con Deborah y John. Uno de los diferentes grupos (de dos a cuatro excursionistas) con los que caminamos de forma sincronizada durante cinco días, lo componían cuatro montañeros de Bombay (el actual Mumbai). Uno de ellos, que por sus rasgos faciales podría ser del mismo Burgos si tuviera la piel un poco más clara, era fortísimo y tenía una extensísima experiencia en el Himalaya Indio, más duro y exigente que el nepalí, al no haber infraestructuras de ningún tipo y tener que cargar allí absolutamente con todo. Pero sus tres colegas estaban muy rezagados en forma física con respecto a él, aunque no así en experiencia en altura. Pero coincidía que uno de ellos tenía un problema en una pierna desde hacía años, que no le había impedido, con una prodigiosa fuerza de voluntad, acabar dos maratones y haber terminado varios trekkings por encima de los cinco mil metros. Otro de ellos, presidente de un club de montaña y con muchos conocimientos también del Himalaya indio, estaba algo fondón y no en su mejor momento. El tercero, muy joven, aunque ya llevaba varios circuitos en Nepal y Tíbet, también caminaba muy despacio. El problema que se cernía sobre ellos era el frente de mal tiempo que ellos mismos nos anunciaron, a través de sus contactos en la India. Nuestro guía, Deepak, habló de inmediato con su jefe y se confirmó el pronóstico. Había que cruzar el Larke Pass el día 24 de mayo como muy tarde. A mediodía del 24 entraba el temporal y duraría varios días. El Larke La es un collado que hay que superar antes de las 10 de la mañana, en que vientos huracanados empiezar a barrerlo y hacen imposible el tránsito. Nosotros teníamos previsto cruzar el 25, así como varios de los otros grupos extranjeros, pero si no cruzábamos el 24 perdíamos el avión, porque no nos daba tiempo a desandar todo lo andado hasta el inicio y llegar a tiempo. En la misma tesitura que nosotros estaban John y Deborah, que incluso tenían el vuelo dos días antes. Pero viendo lo que falla la exactitud de las previsiones meteorológicas con varios días de antelación, en caso de que el frente se adelantara un día estábamos perdidos. Con lo cual decidí que era mejor anticipar el día de cruce del Larke Pass al día 23, suprimiendo con ello los dos días de aclimatación previstos, una apuesta arriesgada teniendo en cuenta que María nunca había estado en altura y que yo hacía 21 años que tampoco. Los americanos decidieron hacer lo mismo y finalmente los otros dos grupos también, salvo los indios. No estaban en condiciones, claramente, y ellos mismos lo sabían. De hecho, ninguno de los demás creíamos que pudieran pasar incluso el 24.

Recibiéndome en el Larke La

  Cruzado el paso, el día 25 dijimos adiós a la pareja de neozelandeses, al conjunto multinacional de Xavi, Fenna, Daniel y su guía Bhagwati, y nos quedamos un día de semidescanso en el primer pueblo al otro lado del Larke Pass con John y Deborah. Habíamos calculado 14 días, pagado 15, y al ritmo que llevábamos íbamos a acabar el circuito en 11. Cuatro días en Kathmandu y alrededores esperando el avión son más que suficientes, como para añadir dos o tres más. Por separado, asturianos y americanos fuimos al lago Ponkar, oteando con el teleobjetivo el descenso del Larke Pass, por donde deberían estar bajando los de Bombay. Deepak y yo localizamos a dos, que caminaban rápido, y concluimos de inmediato que eran "el de Burgos" y un porteador, y les lanzamos gritos y aspavientos, celebrando su llegada. Cuando regresamos a Bimtang de la pequeña excursión comprobamos que no eran los indios, sino dos fortísimos excursionistas nepalíes, muy curtidos y con mochilas del ejército. Por fin llegaron, desperdigados, de uno en uno o de dos en dos, los indios y sus porteadores. Los últimos en llegar, tras más de 11 horas de marcha. Aplaudimos a cada uno de ellos, recibiéndoles como realmente merecían, porque lo suyo fue una auténtica proeza. Ya sabíamos que John había rezado por ellos. Si los rezos de ADN Man son tan poderosos como sus piernas y sus pulmones, no es de extrañar que los indios consiguieran superar los casi 5.200 metros del Larke La.

Deepak, John y Chandra

   Los mismos indios fueron los que encontraron un día las sandalias de la talla 48 que había perdido John. Con buen criterio, decidieron que aquella talla gigante no podía pertenecer a ningún tibetano de los alrededores y cargaron con ellas, para gran alivio de John, que jamás podría encontrar sustituto como calzado alternativo con semejante pie, no solo ya en ese valle sino quizá en todo Nepal. Me gustaría poder escribir algo algún día sobre los indios, y en concreto sobre el que cojeaba, todo un ejemplo de superación, fuerza de voluntad y, además, de buen talante. Los héroes no son los que nos venden en las películas, sino aquellos que se enfrentan a sus miedos y sus limitaciones y hacen simplemente lo que pueden, fracasando mil veces, atascándose otras tantas y desanimándose algunas más, pero volviendo a intentarlo de nuevo. Son los que no reciben medallas ni homenajes ni tienen calles a su nombre, los esforzados anónimos que nos cruzamos por la calle sin saber de sus descomunales luchas sin premio.

 Chandra (guía de montaña) e Indra (porteador y futuro guía) Foto de María del Roxo

  John y Deborah habían contratado el guía obligatorio para el circuito del Manaslu, más un porteador, para poder disfrutar un poco de la ruta y poder llevar consigo algún libro para los largos ratos libres, cosa que nosotros no pudimos hacer para reducir peso. Su guía, Chandra (significa Luna tanto en hindi como en nepalí o bengalí) había sido porteador de altura años atrás y ya tenía 47 años, una edad ciertamente avanzada para un nepalí. Había cometido un error en una de las jornadas y no sabía el hombre cómo hacer para intentar repararlo. Hubo momentos en que, sin ser nuestro guía y no tener por qué, nos ayudó y hizo algunas gestiones cuando el nuestro no estaba, siempre muy amable y atento. El porteador, Indra, de la región de Khumbu aunque no es sherpa, era una fuerza de la naturaleza. Cuando terminaba su jornada de porteo salía a veces a correr por la montaña. En una ocasión, en un paseo de aclimatación cerca de la frontera del Tíbet, vimos una silueta subiendo rapidísima por la línea del cielo, a considerable altura. Era Indra, haciendo uno de los entrenamientos extra. Su objetivo inmediato, tras ir justo a continuación con un grupo de indios al Tíbet, era realizar el curso de guía de montaña, y garantizo que no solo lo pasará, sino que será un extraordinario guía, muy sólido físicamente y psicológicamente también, con madera de futuro Trekking Leader (jefe de guías).

Indra (al fondo) y Chandra, uno de tantos días en el Himalaya

  Cuando vengan a Asturias John y Deborah haciendo el Camino de Santiago de la Costa, no sé, la verdad, a qué montañas llevarles que les hagan siquiera romper a sudar. Imagino que ni subiendo del tirón los dos mil metros de desnivel desde el Cares a Torrecerredo. De lo que estoy seguro es que las fotos que hará John serán prodigiosas. John no toma las fotos con el ojo, sino con el alma. Una muestra de ello: https://vimeo.com/334115097


Deborah y John, rodeando la stupa de Bodnath en el sentido de las agujas del reloj, como marcan los cánones. Foto de María del Roxo

martes, 11 de junio de 2019

Deepak Pandey, el hombre del Manaslu



   Al mediodía del 25 de abril de 2015 estaba Deepak Pandey en las afueras de su pueblo, Asrang, a unos 50 kilómetros al sur del Manaslu, la octava montaña más alta del mundo, cuando oyó el ruido de un helicóptero. Pero por más que miraba no conseguía localizarlo. Fue poco después cuando se dio cuenta de que no había ningún helicóptero y que el ruido procedía del suelo al temblar, cosa que siguió durante siete minutos. Fue el terremoto más grave de la historia reciente de Nepal, pero dentro de lo grave de la tragedia hubo dos factores que contribuyeron a que el número de muertos fuera relativamente reducido, si tenemos en cuenta la intensidad del seísmo. Primeramente, era sábado, el día festivo en el país, a una hora en que la mayor parte de la población estaba fuera de casa -en general la vida se hace en la calle- y en concreto en las zonas rurales mucha gente se encontraba trabajando en los campos, el lugar más seguro posible en estos casos. De haber sucedido otro día de la semana, las pérdidas humanas habrían sido mayores de las 9.000 producidas. El segundo factor afortunado fue la hora del día, porque si hubiera tenido lugar durante la noche, en que el mundo nepalí queda totalmente paralizado y todos sus habitantes duermen bajo techo, estaríamos hablando probablemente de cientos de miles de muertos.

 


   Una de las tres hermanas de Deepak, maestra de escuela, se encontraba en ese momento dentro del recinto escolar y se le vino el mundo encima, literalmente. Permaneció tres horas bajo los escombros, perdió varios dedos de una mano y recibió 33 puntos de sutura en la cabeza. El epicentro del terremoto se encontraba a una veintena de kilómetros, bajo la localidad de Barpak. Todos los valles del Himalaya nepalí quedaron inundados por una inmensa nube de polvo, resultado de los millones de desprendimientos de roca y tierra que se produjeron. A fecha de hoy todavía hay laderas sumamente inestables, más incluso de lo ya inestable que de por sí es una cordillera que aún sigue creciendo a razón de un centímetro al año y cuyos múltiples elementos están sin asentar.


   Deepak es un atleta, a pesar de no ser "mongolian" sino "aryan". "Mongolian" es el nombre con que se define a los habitantes de las montañas con ojos más o menos rasgados, pómulos marcados, baja estatura y estructura corporal ancha y compacta, y que en general nos pueden recordar a los pueblos del Tíbet, Mongolia o China. "Aryan", aunque no encaja con el ideal ario que nos viene a la mente de forma inmediata, correspondería a los nepalíes más estilizados, más oscuros, y que son similares a los habitantes de la mayor parte de la India. Toda esta explicación viene al hilo de que los atletas del Himalaya nepalí son por antonomasia los "mongolian" (sherpas, gurung, tamang, magar, rai, limbu y otras etnias de las altas montañas). Es a ellos -sobre todo los de la etnia sherpa- a quien recurren las expediciones extranjeras para reclutar a sus porteadores de altura. Pero igual que en Pakistán hay porteadores de altura de gran prestigio y enormes cualidades físicas, Deepak es un "aryan" que casi nada tiene que envidiar en VO2 max. a la gran mayoría de sherpas. Es un fenómeno.



   Hace un año, después de llevar a sus clientes al campo base del Everest y que estos volvieran a Kathmandu en helicóptero para ahorrarse la caminata de vuelta, Deepak recibió la noticia de su agencia de que tenía que incorporarse a un grupo de trekkers en solo tres días. No le salían las cuentas para hacer el regreso a tiempo, así que decidió solucionarlo por la vía rápida, nunca mejor dicho: hizo el trayecto de 69 km desde el campo base a Lukla (el aeródromo habitual de la zona) en solo 9 horas, con mochila y botas. Ahí es nada. Un año se animó a participar en la maratón del Everest, que se realiza en sentido descendente desde el campo base del Everest hasta Namche Bazar, aunque incluye algunas subidas, quedando quinto en la clasificación. Es un espectáculo verle bajar corriendo por las rocas, a razón de cuatro o cinco pisadas por segundo en los tramos de empedrado irregular escalonado como el de la foto inferior. No creo que yo a su edad pudiera tener la mitad de reflejos de Deepak.



   A pesar de solo tener 22 años, acumula ya una ristra de kilómetros en sus piernas que pocos montañeros de medio siglo tienen en Occidente. Ya de pequeño bajaba corriendo los 28 kilómetros que separan su pueblo de la capital del distrito, Gorkha, para volver a subir otra vez corriendo de regreso en el día. Empezó como porteador, cargando hasta 40 kg de peso, para ascender rápidamente a la categoría de sirdar, o guía de montaña. Como tal ha realizado 25 veces el trekking del Manaslu y más de 20 el del campo base del Everest, así como la mayoría de otros circuitos y rutas habituales de Nepal.


   Deepak es hindú, como casi todos los habitantes de las primeras estribaciones del Himalaya, y pertenece a la casta de los brahmanes, la superior de las cuatro castas principales del hinduismo. Aunque influye, la casta no es determinante para establecer el estatus económico de un hindú. Hay brahmanes pobres, y un intocable llegó incluso a ser presidente de la India. Aunque casi se puede generalizar que un intocable -que no pertenece al sistema de castas porque incluso está fuera de ellas- va a llevar por lo general una vida miserable, con trabajos infrahumanos y condiciones de vida idénticas, y los mejores puestos de la administración y las profesiones más elitistas suelen estar en manos de brahmanes, las matemáticas aquí no son exactas. Deepak comenzó el oficio desde abajo, cargando como cargaría cualquier otro nepalí, independientemente de su casta, y se ha ganado el ascenso a pulso. Entre las posesiones imprescindibles que carga en su mochila está un libro para perfeccionar el inglés, y ahora empieza su último año de un equivalente a la carrera de empresariales. Es un hombre hecho a sí mismo, a quien nadie ha regalado nada.



   Para hacer ciertas rutas de montaña en Nepal es obligatorio ir acompañado de un guía o sirdar, por ser zonas restringidas, próximas a la frontera con China o de especial valor medioambiental. Eso supone tener que pagar el salario del guía y su transporte, aunque para los estándares occidentales son cuatro perras. La duda que entra es si la persona que va a ser nuestra sombra durante dieciséis horas diarias y varias semanas va a congeniar con nosotros, o por el contrario no va a haber química desde el principio y su compañía se nos va a hacer una penitencia interminable. Por lo poco que he podido ver, este no suele ser el caso, porque el nepalí es mucho más sociable, menos neurótico y mucho más paciente que el occidental medio.



   Confieso que a mí me resultaba incómoda la idea de tener que llevar un guía. Desde los dieciocho años me he organizado yo mis excursiones y prefiero volverme a casa de vacío porque no he encontrado el sendero correcto que el hecho de que me lleven de la mano. La mitad de la aventura radica para mí en solucionar los problemas de orientación por mis propios medios. En mi anterior experiencia en Nepal, aunque era obligatoria la presencia del sirdar, por ser un pico de más de 6.000 metros, se solventó encontrando uno que firmara pero no viniera con nosotros, algo posible hace veinticinco años, pero no ahora. Pero visto en perspectiva estoy muy contento de haber realizado el trekking del Manaslu con guía. He aprendido más de la cultura y la lengua nepalí de lo que lo hice las tres veces anteriores en el país y otras veinte más que pudiera ir por cuenta propia. Y con guías como Deepak Pandey la satisfacción es aún mayor y por supuesto las ganas de poder volver a contar con su enriquecedora compañía.



   A pesar de sus 22 años, Deepak es una persona muy madura, como maduros eran nuestros abuelos a su edad. Pero se puede ser maduro sin ser profesional u honesto, aunque Deepak añade además esos dos elementos al primero. Por edad podría ser mi hijo, pero con frecuencia se me olvidaba el abismo de edad que había entre nosotros y conversaba con él de igual a igual, sobre historia, tradición, toponimia, geografía, clima, flora, fauna o religión. Otras veces era yo quien descendía a los 22 años y echaba carreras con Deepak, jugaba al balón, o recuperaba la alegría y la vitalidad de esa edad.



  Espero no tener que esperar otros 24 años en volver a Nepal y que los ahorros permitan alguna otra vez en tiempos próximos poder realizar algún otro recorrido en compañía de Deepak, aunque no sea obligatorio por decreto el tener que hacer el recorrido con guía. Sale realmente a cuenta el dinero invertido en el guía, a nivel humano, cultural y experiencial. Si estás leyendo este texto y tienes en mente caminar por Nepal y barajas la posibilidad de hacerlo con guía, Deepak Pandey es el acompañante perfecto: atento, servicial, honrado, experimentado, con gran sentido del humor.... y con una paciencia a prueba de españoles. Pregunta en Himalayas on Foot por él. Es una de las agencias más prestigiosas de las 1.200 existentes en Nepal, muy seria y fiable.






viernes, 7 de junio de 2019

Bhagwati Pun o la sonrisa del corazón



  Sonreír con los labios es fácil, porque solo hay que arquearlos. Luego está la sonrisa de los ojos, que se puede intentar fingir, pero los ojos no mienten nunca. Quien sonríe con los ojos sonríe con el corazón. Bhagwati Pun es de rostro más bien serio, pero cuando sonríe, entonces se ilumina todo el Himalaya.



  Quizá cuando has nacido en una familia humilde, muy humilde, y consigues llegar a la universidad en un país como Nepal, y a los veinte años todos tus proyectos y deseos de seguir formándote y de aprender se te vienen abajo porque ha llegado el momento de tu matrimonio, entonces igual no eres muy de sonreír. Si eres de la llanura, a muchos kilómetros del Himalaya, y quieres ser guía de montaña, una profesión de hombres, y en tus primeros años de trabajo recibes comentarios negativos y reprobación de algunos compañeros de oficio, quizá tampoco te queden muchas ganas de sonreír. Pero si de cuando en cuando alguien valora tu trabajo y tu indestructible determinación por lograr tus sueños, la sonrisa que brota vale por todas aquellas que no pudiste esbozar en los malos momentos.

 En lo alto del Larke Pass (inglés), Larke La (tibetano) o Larke Bhanyang (nepalí), culmen del circuito del Manaslu. Bhagwati, con los brazos en cruz.

   Bhagwati nos cuenta su historia, su lucha, su tesón, en este vídeo, con un inglés algo pobre pero que ha mejorado bastante desde entonces. Existe en Pokhara, la segunda ciudad más poblada de Nepal, una agencia de trekking dirigida por tres hermanas, 3 Sisters Adventure Trekking, que tiene en nómina a una quincena de mujeres como guías de montaña, a las que ellas mismas han formado. Para algunas extranjeras que viajan solas a Nepal y desean realizar algún trekking con guía, puede resultar algo incómodo pasar unos días o varias semanas con un varón desconocido. En el mes de mayo de este año, una joven holandesa contrató los servicios de Bhagwati para realizar el circuito del Manaslu más la variante del valle de Tsum, tres semanas en total. Como el permiso para el Manaslu cuesta doble yendo en solitario, lo compartió con un barcelonés, Xavi. Al inicio de la ruta encontraron a un australiano, Daniel, que viajaba solo con su guía-porteador, y los cinco hicieron piña de principio a fin, como una familia multicultural y multinacional.

 
Tapando todos los resquicios para que el fuerte viento de las alturas, unido al sol y la nieve, no haga mella en la piel. Más de uno acabó del color del cangrejo.

  Bhagwati comenzó su experiencia montañera en el año 2007, trabajando dos años como porteadora. Prácticamente todos los guías de montaña en Nepal comenzaron porteando, aprendiendo el oficio de la montaña desde abajo. Cuando tienes que cargar con 30 ó 40 kilos durante días o semanas en altitud, adquieres una base física impagable para luego estar a la altura del puesto cuando las responsabilidades aumentan tras el ascenso a guía.