jueves, 6 de septiembre de 2018

Nada menos que mapas (I)


 
  No recuerdo haber coleccionado nunca nada. En general, no me interesan los objetos, los artefactos o las máquinas, ya sean coches, motos, ropa, ordenadores, móviles, aparatos de audio, sellos, monedas... Dime cualquier otro que se te ocurra y también está en mi lista. Ni siquiera el material de escalada, que era lo que me unía a la vida en los momentos delicados. Cuando necesitaba algún elemento tiraba de colega para el asesoramiento, o directamente le reclutaba para que me acompañara a la tienda de montaña, ya que de lo contrario podría ocurrir alguna pequeña catástrofe en lo económico. Como aquella vez que me vine arriba y me planté en solitario en el establecimiento, pedí un pantalón de peto para la escalada invernal y me colocaron uno que no era apto más que para los días más fríos del invierno en los Alpes. Si no se alcanzaban los 15º bajo cero los sudores eran equiparables a los de un condenado a galeras. Luego tocaba ir con las cremalleras laterales completamente abiertas, mostrando muslamen -que diría el difunto Forges-.

 El primer mapa que enmarqué. Publicado por National Geographic con la colaboración del Instituto Geográfico Suizo (Office Fédéral de Topographie). Pinchar para ampliar y disfrutar

   Puedo disfrutar contemplando un coche antiguo, una buena bicicleta, artesanía, una obra de arte, pero no lo suficiente como para querer adquirirlo. Soy más abstracto que concreto, y valoro más un paisaje, una emoción, la compañía de un buen amigo. Los objetos los aparco y ahí se quedan, inmóviles, inmutables, sin alma.

   Pero en un elenco tan vasto como el mundo de las formas creadas por la mano humana siempre quedan resquicios para las excepciones. Y aún así, no se me ocurren más que dos: los libros y los mapas. No me deteriores un libro, no escribas en él o subrayes; si te lo presto, devuélvemelo; no lo desguaces recién comprado, como si fuera una revista de la peluquería; llévalo a cubierto cuando llueve; porque se me hiela la sangre, o ebulle, no sé muy bien qué, y es como si lo que le haces al libro me lo estuvieras haciendo en carne.

Pues con los mapas soy aún peor, si cabe.

Preparando futuros proyectos. Ya hace veinte años que no piso el Himalaya

   Si hay que perder el tiempo haciendo algo que no sea rentable, no reporte beneficio ni tan siquiera de adquisición de conocimientos, vamos, el equivalente para algunos de torrarse vuelta y vuelta en su medio metro cuadrado de playa en Benidorm, para mí sería abrir un mapa y contemplarlo, no con la boca abierta y a punto de babear, pero casi. A pesar de ello, ya apenas lo hago, porque sencillamente no dispongo de tiempo. Pero lo hice, y muchas veces. No llegaba todavía ni a adolescente, cuando cogía al azar cualquier mapa de los cuatro grandes cajones llenos de ellos que tenía mi padre -y que aún tiene exactamente igual-, lo extendía en la mesa y se me pasaban los minutos sin fijar la vista en nada concreto, simplemente dejándola vagar a su antojo, sin rumbo. Podía ser un mapa de cordales de Javier Malo -los únicos mapas decentes que había para caminar por determinadas sierras-, un mapa de Alpina con cubierta de cartulina naranja del Pirineo, otro de carreteras Michelín de Argelia, de cuando atravesó el país mi padre en coche en el año 78, o el del Trentino, uno de mis favoritos, de cuando pasamos por allí en el verano del 82.

    



Algunos de los tesoros que guarda mi padre en los mismos cuatro cajones de siempre


    Con catorce o quince años, de algunos mapas también de Michelin de una zona de los Alpes franceses extraía la información para crear etapas ciclistas descomunales, con nueve puertos y 300 kilómetros de recorrido, que ni en la época de Coppi y Bartali, vamos. Folios y folios con detalles de cada etapa y los correspondientes perfiles, pavorosos, pero que como yo no tenía que recorrerlos me parecían hasta para blandengues. Es que aquellos mapas Michelín amarillos de escala 1:200.000 eran muy útiles para facilitar la creación de perfiles, con infinidad de cotas de altitud de poblaciones grandes y pequeñas y puntos intermedios y, por supuesto, de muchísimos puertos por los que todavía ni siquiera había pasado el Tour de Francia.

Los mapas que quizá más he remirado en mi vida

Una muestra de uno de ellos. Todas las poblaciones indicaban la altura, lo que les hacía ideales para crear perfiles altimétricos. Los mapas Michelín de ahora me resultan menos atractivos estéticamente que aquella generación de mapas de los años ochenta.
 

   En nuestro apartamento de Guadarrama, desde los cuatro años de edad, lo primero que contemplaba según entraba o salía por la puerta de casa era el mapa especial del IGN de Guadarrama-El Escorial enmarcado, del que pronto me aprendí todos los topónimos. Mi amigo Pedro, cuando nos subíamos a alguna piedra caballera de los alrededores, me preguntaba los nombres de todos los hitos del horizonte, que empezaba por las Machotas y el Abantos al sur, continuando por el Cerro de la Carrasqueta, el de la Salamanca, Cabeza Lijar, el todavía puerto de los Leones, Cerro de Matalafuente, la Peñota -protagonista de primer orden- Peña del Águila, Montón de Trigo, puerto de la Fuenfría, Siete Picos, puerto de Navacerrada, la Bola del Mundo, la Maliciosa y la sierra de los Porrones, más otras montañas en peldaños intermedios cuyos nombres también sabía. Todos los veranos, en varias ocasiones, Pedro me volvía a pedir que le recitara el arco panorámico, año tras año, pero tengo la vaga impresión de que no debe de haber retenido ninguno de aquellos nombres, si se los preguntara ahora, cuarenta años después.

Mis primeros mapas pirenaicos

   Por fin llegó el día en que yo iba a usar alguno de esos mapas sobre el terreno. Como cuando el teniente Pujol me mandó de madrugada a buscar la Fuente de los Pastores, con una mísera linterna, recorriendo la sierra a media ladera, campo a través, orientándome con un pésimo mapa 1:25.000 en el que no cuadraba nada con la realidad. Recuerdo el viaje que hice con mi padre a Sierra Nevada en el invierno del 89-90, en que fui cargado de mapas, de distintas escalas, hasta de 1:800.000 !!! Para mí los mapas eran sagrados y lo que aparecía en ellos era ley. Si no figuraba, no estaba mal el mapa, el que estaba mal era yo. Aunque hubiera casi puesto el brazo entero en el fuego para asegurar que el camino por el que iba no estaba dibujado en el mapa, aquel supuesto era tan ilógicamente imposible que, sin entender absolutamente nada, llegaba siempre a la sabia conclusión de que yo no tenía la más remota idea de orientarme. Evidentemente, no sabía aún lo suficiente de las carencias que los mapas oficiales tienen.

 La versión que usó mi padre en los años sesenta

Mi versión, de 1987, y la suya, de 1973

   A principios de los años 90 me obsesioné con el Tíbet. Intenté ir en tres ocasiones, pero por diferentes razones no hubo manera. Ya tenía toda la cartografía que pude encontrar y todo el territorio en escala 1:500.000, unas hojas gigantescas, las TPC del ejército estadounidense, que había que desplegar en el suelo, porque no había mesa lo suficientemente grande para poder abrirlas.




 Hoja TPC del Tíbet. Para hacerse una idea de las dimensiones de esta sábana, un libro del Bierzo

 Fragmento de la hoja anterior, con parte del cañon del Yarlung Tsampo (el Brahmaputra, para los tibetanos), el desfiladero más profundo del mundo, que deja a un lado dos picos de siete mil metros, el Namche Barwa y el Gyala Peri. Pinchar para ampliar

   Los mapas suizos, editados por la Office Fédéral de Topographie, los mapas más hermosos que jamás he visto, pude disfrutarlos sobre el terreno, en el cantón del Valais. Los del Instituto Geográfico Nacional francés, de similar calidad que los mapas suizos, me acompañaron al macizo del Mont Blanc por primera vez en el año 91. Plantarse con un mapa de aquellos, obras de arte de la cartografía, a interpretar el horizonte, no se podía comparar con ninguna otra actividad.

   Tengo más mapas de los que debería, y numerosos rollos esperando un hueco en alguna pared desde hace años. Una de dos: o dejo de comprarlos, o me compro una especie de monasterio del Escorial para ir colgándolos. Pero no los colecciono. Simplemente, si me gustan, los compro. Y aún así, no compro ni la centésima parte de los que quisiera.